Antón Castro escribe un “Elogio de las librerías”

Aquí os dejamos el “Elogio de las librerías” que Antón Castro publicó el viernes 25 de noviembre, día de las librerías. El texto es un homenaje a las librerías, pero también una confesión y una declaración de amor a los libros y a la literatura que, además, apunta algunos de los referentes de la juventud de Antón Castro.

Mi primera librería se llamaba Arenas y estaba, y está, en el Cantón Grande La Coruña. Allí compré algunos de mis primeros libros: dos de ellos, ‘Poesía completa’ de San Juan de la Cruz y ‘Sombra del Paraíso’ de Vicente Aleixandre, me han acompañado desde 1976. Y seguramente, la primera vez que vi la Librería General, en el verano de 1978, mientras buscábamos en un viaje de estudios el hotel Los Molinos, esos volúmenes venían conmigo. Eran compañeros inseparables: en aquel instante, el técnico en electrónica que yo era solo anhelaba convertirse en poeta. La Librería General me deslumbró. Se parecía en muchas cosas a Arenas con sus diversas plantas. Allí parecía estar todo. Ya instalado en Zaragoza, seguiría visitándola, descubriendo los tesoros de cada planta; allí adquirí ‘Hacia un teatro pobre’ de Jerzy Grotowski, en un tiempo posterior en el que también quería ser dramaturgo y actor de teatro.

Pronto descubrí que El Tubo significaba muchas cosas: una Zaragoza castiza y libre que tendía un puente con la vida nocturna, el cabaré, el erotismo un tanto lacio a través de El Plata. Allí, cerca de los billares, había dos locales casi complementarios: Librería Pérez, donde me surtía de biografías, de restos de serie y de algunas rarezas en fascículos, y la librería de viejo de Inocencio Ruiz. Acabaríamos siendo muy amigos, pero al principio era difícil entrar allí: siempre tenía la impresión de molestar, de estar en un lugar donde el dueño, que escribía a mano y a máquina, no quería vender. Allí compré, entre muchos otros, algunos libros quemados sobre Galicia de la editorial Akal y un volumen que me impresionó: ‘Rilke en España’ de Jaime Alemparte.

No recuerdo cómo entré ni qué me llevó a Hesperia, la librería de Luis Marquina en la plaza de los Sitios. Fue como penetrar en un sueño. Allí, al alcance de la mano, tenía todo el tesoro del Hispanismo y, dentro, había una colección de libros gallegos, sobre todo del sello Castrelos, que fui comprando semana a semana, mes a mes.

Pero la que iba a ser la librería más determinante de los años 80 sería Muriel, tanto en Giménez Soler como en la plaza de San Cayetano. Cada vez que iba era para mí un acontecimiento: era la visita a un santuario de incitaciones constantes, de autores, de libros, de sensibilidad, una historia del mundo en papel, que eso son las librerías. José Fernández y Julia Millán ya empezaban a ser pareja, y Alfonso Sánchez y Paisa, fallecida hace no demasiados meses, tutelaban mi aprendizaje; Julia y Pepe lo siguen haciendo ahora desde Antígona: una casa hechizada de libros, un auténtico bazar de sorpresas que es también una formidable librería con fondo, con mucho fondo.

Mi otra librería de los 80 fue Contratiempo: iba al menos una vez a la semana y allí me hice con todo Kafka y Mercè Rodoreda. Y con los poetas del Niké. Ha habido otras muchas librerías y libreros: José Alcrudo de Pórtico, donde trabajaban Javier Delgado y Luis Ballabriga y algunas libreras bonitas de las que era muy fácil enamorarse; Central, Círculo, Paco Pons, París, ANUE, los hermanos Vidal, lugares que he ido recorriendo con auténtica pasión, como Cálamo, como Estilo o Anónima en Huesca. También visité mucho la librería de Galerías Preciados: allí adquirí la ‘Poesía completa’ (Aguilar) de Gabriela Mistral tras ver un documental sobre ella que me impresionó y ‘Trópico de Capricornio’ y ‘Trópico de Cáncer’ de Henry Miller: cuando leí, casi al azar, algunas páginas de un sexo tan explícito, entre desenfadado y brutal, me quedé temblando. Nunca había leído nada igual.

Zaragoza es una ciudad de espléndidas librerías, y eso lo reconocen todos los editores. Me sigue gustando mucho frecuentarlas a cualquier hora. Y ahora, además de Antígona, que está vinculada a mi propia biografía y al terreno de los afectos, encuentro solaz, los libros soñados y un clima ideal en Los Portadores: estoy como en casa, pero con mucho más orden.
Las librerías son un manantial incesante de conocimiento, de estímulos, de viajes, de grandes libreros. Las librerías son una invitación a uno los placeres más estimulantes y frondosos de todos los tiempos: leer. Leer para soñar, para aprender, para querer y para ser libres. Leer para vivir.

 

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