PEQUEÑAS HISTORIAS… en El Imparcial

El Imparcial dedica este artículo a Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, de Line Amselem, que firma Jorge Urrutia.

Los períodos de desorientación social son proclives a los relatos memorialísticos y, especialmente, a las memorias de infancia. Constituyen una suerte de paso atrás para buscar rasgos identitarios sobre los que asegurar el presente y plataformas para la vida que sigue. Cumplen, pues, las memorias, falseadas o no, una primera función personal en el escritor. Pero, además, liberado éste de la invención novelesca y, sobre todo, de la búsqueda de un final coherente, constituyen un campo nada desdeñable para el ejercicio de estilo. La autora del libro que nos ocupa no quiere escaparse de la mirada infantil y, por eso, no se dan observaciones de gran calado, ni datos históricos (salvo la muerte del presidente Pompidou), ni opiniones adultas. Es la vida familiar y del barrio tal y como la percibió una niña, nacida en Francia, pero que siente su pertenencia a una cultura distinta a la de las gentes que la rodean.

Me hubiera gustado leer este libro en su idioma original para gozar plenamente de una lengua que, en la traducción española, no puede reclamar la justicia que sin duda merece. La autora es hija de judeo-españoles marroquíes que entre sí habían siempre hablado la lengua sefardita más o menos trufada por el español del protectorado. Aunque sea la propia Line Amselem quien haya realizado la traducción, no puede el lector apreciar bien la intromisión de las palabras y expresiones judeo-españolas o simplemente españolas en el francés. En una ocasión, incluso, se observa que la madre habla con acento andaluz. La familia, trasladada al París de los años sesenta, habla en casa una lengua peculiar que a la niña le parece la normal y que, sin duda, podría ser uno de los encantos de este libro. Desde este punto de vista, nos imaginamos mejor cómo podía ser ese idioma que busca permanecer puro en la impureza, que cuando Elías Canetti se refiere a su familia sefardita, en La lengua absuelta. La madre habla mejor español que francés. Los hijos se expresan ya en francés y, aunque en la casa la familia habla en español, los chicos construyen muchas frases en francés. El padre hablan también árabe o chelja. Pero son judíos y celebran los ritos de su religión.

Estas pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, una callecita próxima a la Plaza de la Bastilla, en el oeste de París, nos traen la imagen de una ciudad casi desconocida. Leyéndolas, y pese a la diferencia que hay entre este lirismo y el realismo descarnado del libro que voy a citar, se recuerdan escenas de aquella excelente novela norteamericana de 1930,Judíos sin dinero, de Michael Gold. Porque estamos en un ambiente obrero y modesto. El padre de la narradora es un zapatero remendón que ha conseguido abrir un tallercito en una calle parisién. La vivienda ni siquiera tiene baño y aparece así un París desconocido para la literatura, entre la independencia marroquí (cuando muchos judíos deciden irse a vivir a otro país) y 1974.

Al cerrar el libro queda un regusto de intimidad e inocencia. Es una historia anti-heroica y, sin embargo, sabemos que ante nosotros han desfilado gentes esforzadas y bondadosas que, con sus defectos, buscan salir a flote cada día. La prosa, aparentemente plana, se mueve muchas veces a base de metáforas acertadas que nos obligan a pensar que lo más difícil es hacer que las cosas parezcan sencillas. En su aparente simplicidad, estas escenas de una simple vida familiar constituyen el descubrimiento de un mundo y de una escritora.

Por Jorge Urrutia

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