Archivos Mensuales: mayo 2012

Canciones para recibir autores

El padre de la narradora de Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas prefiere a Johnny Hess y le tiene manía a Charles Trenet.

Line Amselem llega mañana a Madrid.

La recibiremos así.

TE VEO TRISTE, una lectura de Almudena Vidorreta

El pasado jueves, ‘Artes & Letras’ publicaba esta reseña de la novela de Fernando Sanmartín, Te veo triste, que firma AAlmudena Vidorreta.

CONVERSACIONES EN LA ALJAFERÍA CON FÉLIX DE AZÚA, JUAN ANTONIO TELLO E ISMAEL GRASA

Esta tarde a las 20h. en el Palacio de la Aljafería, Félix de Azúa participa en el ciclo “Conversaciones en la Aljafería” y charlará con Juan Antonio Tello e Ismael Grasa.

Recogemos la información del blog de Antón Castro.

FÉLIX DE AZÚA: ‘AUTOBIOGRAFÍA SIN VIDA’

“A partir del primer libro que publiqué (en realidad debería decir ‘que me publicaron’), un rectángulo blanco sobre el que figuraba un penitente kirguiz atravesado por innumerables saetas (¡Cuánto sentimentalismo!), lo que había sido juego se convirtió en tarea y lo que en alguna ocasión fue poesía se deslizó inexorablemente hacia la literatura. En el ascenso de la continuada abstracción, el artista adolescente abandona el territorio viviente de las palabras y entra en la escuela de la técnica compositiva y la filosofía del arte. Casi de inmediato, aparece en una antología y, aunque él no lo sepa, es expulsado del paisaje poético al que ahora sólo se aproxima en compañía de algún perro al que trata de imitar. Todo depende ahora de la generosidad de los forasteros. Como un perro, exactamente”.

PEQUEÑAS HISTORIAS… en el blog Anika entre Libros

Lidia Casado firma esta reseña de nuestras Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, de Line Amselem, en el blog Anika entre Libros.

Uno de los superpoderes que tienen todos los niños pero que (tristemente) se pierden con la edad es la capacidad de ver las cosas como son, de mantener la mirada limpia, libre de los filtros que, poco a poco, van añadiendo la experiencia, la maldad, nuestra relación con los demás, la picardía, el saber… en definitiva, la vida. Por eso, siempre he pensado que los niños son auténticos poetas, porque saben ver más allá de donde todos los demás miramos, descubrir la verdad y transmitirla con una belleza y una inocencia totalmente espontáneas.

Por eso me llaman tanto la atención los libros para adultos protagonizados por niños. Si el autor sabe mimetizar la forma de ver y de contar de los más pequeños, sin resultar falso, el resultado es una obra tan deliciosa como ésta, en la que la autora narra, en primera persona, las vivencias de Lina, una niña de siete años, de origen judeo-español, cuya familia emigró de Marruecos hasta Francia y vive, a comienzos de la década de los 70, en un barrio popular de París.

En este libro no pasa nada importante. Ni siquiera hay una trama como tal que organice el contenido. Los capítulos van desfilando como por casualidad, como recuperados de la memoria de Lina sin un motivo aparente, y gracias a ellos vamos conociendo a los personajes, ese edificio que parece sacado de un cómic, la historia de la familia, de los padres de Lina, del pasado, del presente narrativo…

Sin juzgar, Lina va componiendo un collage en el que cada uno se va retratando por lo que hace, por lo que dice y por lo que los demás dicen de él. La protagonista dirige el foco hacia un punto u otro del barrio y así va componiendo la visión global de su infancia: los juegos en familia, las comidas, las celebraciones, las visitas familiares, el colegio, los programas de la televisión, la música, los famosos de la época, su visión sobre los trabajos de sus padres, sus amigos, sus vecinos…

Dentro de esa amalgama de recuerdos, peso específico ocupa todo lo relacionado con la religión judía. Con sumo esmero y detallismo se describen las costumbres, las fiestas, las celebraciones, el porqué de tales festividades y el modo particular de ejecutarlas: vestido, gastronomía, ayuno, prohibiciones… Con su inocencia, Lina nos habla de un barrio multicultural, en el que tienen cabida varios cultos y varias nacionalidades. Retrata, así, la preocupación de sus padres por descubrir al resto de judíos de su colegio y de qué países vienen, la ignorancia que los practicantes de unas religiones tienen respecto a los demás, los problemas de la convivencia, la mezcla de idiomas (en el libro se habla francés, español, hebreo y árabe, aunque en algunos casos la lengua esté llena de vulgarismos, propios del nivel socioeconómico en el que se desenvuelve la acción)…

El resultado es un conjunto de capítulos de desigual extensión que, juntos, conforman el mosaico de la vida normal de una niña de siete años. Pero el gran acierto de este libro, su magia, reside en que cada uno de esos capítulos parece más un cuento que una de las divisiones típicas de la novela. El conjunto es una novela, sí, pero cada capítulo bien podría ser un cuento independiente de los demás, porque cada uno de ellos encierra la estructura, la concreción significativa, la belleza narrativa y el delicioso y sorprendente chispazo final de un cuento.

Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolás es, precisamente, eso: pequeñas y cotidianas anécdotas que transcurren en un barrio popular parisino, tamizadas por la personal mirada de una niña de siete años. Pequeñas historias que guardan, como las mejores ostras, una perla en su interior.

Lidia Casado

Reseña de UNA FAMILIA NORMAL, de Santiago Gascón

En el “Artes & Letras” de la semana pasada apareció esta magnífica reseña de la novela de Santiago Gascón, Una familia normal, que firma la poeta Olga Bernad.

Xordica en SELÍN

El pasado fin de semana Xordica estuvo en SELÍN, la Feria del libro independiente, en Avilés. Saúl Fernández nos entrevistó, para La Nueva España, junto a otros editores.

Amar los libros y los balances contables

Cuatro editores reivindican el ejercicio de su profesión en los circuitos independientes y aseguran que los grandes grupos se acabarán sumando al modo en que entienden el negocio

Cisco Bellabestia es uno de los propietarios de Aristas Martínez Ediciones, una de las empresas invitadas en la Semana de la Edición y la Literatura Independiente (Selin), un encuentro que se despide mañana domingo hasta el próximo año. La Selin también ha invitado a Xordica Editorial, Nocturna Ediciones y a Ya lo dijo Casimiro Parker. Raúl Chusé Usón abrió Xordica hace 18 años, Irina C. Salabert dirige junto a Luis de la Peña Nocturna Ediciones y Marcus Versus fundó hace algo más de tres años su Ya lo dijo Casimiro Parker. Los cuatro dialogan sobre el negocio editorial en un parántesis de la mañana, antes de la lluvia torrencial que cayó de golpe ayer a mediodía.

-Con todos los posibles negocios, se han inclinado por los libros…

CISCO BELLABESTIA.-Lo nuestro fue circunstancial. Empezamos haciendo un fanzine. Lo estuvimos sacando mensualmente durante dos años y medio. Vimos que todo este trabajo, de alguna manera, lo podíamos encauzar. Conocimos la impresión digital que te permitía hacer 100, 150 ejemplares… Hicimos la prueba y justo en ese momento nos llegó la oportunidad de sacar un segundo libro que exigía un desembolso importante; y así fue cómo dimos el salto al vacío. Empezamos hace dos años. Empezamos con dos libros y pasamos a doce ahora. Por el clima económico actual, rebajaremos a la mitad. Es lo más serio para dar a los libros lo que deben de tener.

MARCUS VERSUS.-Soy diseñador y estaba dentro del circuito de recitales de Madrid. Tenía la posibilidad de meterme a editor muy fácilmente. Teniendo un estudio propio, mi hermano es corrector… Era todo más sencillo. Simplemente, tenía que unir mi profesión con la poesía.

IRINA C. SALABERT.-Ya teníamos cierto contacto con el mundo editorial. Luis de la Peña, mi compañero, fue crítico en «Babelia» y yo había hecho algunos «editings». Surgió la ocasión a propósito de una herencia.

RAÚL CHUSÉ USÓN.-Creé Xordica en enero de 1994. Responde a una cuestión de autoempleo. El mundo del libro siempre me había llamado la atención: lector de pequeño, durante la carrera.

-¿Es negocio la edición independiente?

R.C.U.-Yo he estado durante 18 años pagando autónomos, los libros, los derechos de autor, cuando había ventas… He cobrado mi modesto sueldo. Hasta hace año o año y medio, pues más o menos…

C. B.-¿Ha cambiado tanto?

R.C.U.-Sí, he dejado de facturar casi un 40 por ciento de octubre de 2008 a octubre de 2011, un 38 por ciento menos de ventas. Imagino que ya habré pasado el 40 por ciento.

I. C. S.-La situación está negra.

R. C. U.-Muy negra. Hay una crisis macroeconómica brutal, el consumo ha bajado a niveles sorprendentes. Además está la crisis del libro a propósito de los nuevos soportes electrónicos. La tercera crisis es la inherente a la pirámide poblacional. Para los menores de 30 el libro ya no es lo que era: un objeto con marchamo de cultura e intelectualidad donde se refugia el saber. Nos mantenemos con los lectores de nuestra generación. Por debajo, ya no hay lectores

M. V.-Esta situación exige más a a los editores. Cada vez en mayor medida los libros están mejor editados y, además, más ajustados de precio. Cada año vendemos más porque estamos en período de crecimiento.

C. B.-El problema es que el techo está más bajo. Tampoco sabemos si esto te da suficiente como para vivir. Al final yo sé que Mondadori y todos estos nos llamarán. ¿Nos comprarán? Me considero Pixar y a ellos Walt Disney. Su modelo de negocio está agotado; librerías que se mantienen con los libros de texto y los «best-sellers»… Se sumarán a nuestro proyecto.

PEQUEÑAS HISTORIAS… en La Nueva España

Eugenio Fuentes dice de Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, de Line Amselem, que es un libro hipnótico en este reportaje sobre libros de “un emblema contracultural”:

Memoria hipnótica de una niña sefardí en París

París, años 70. Line Amselem (1966), una niña de siete años hija de inmigrantes sefardíes venidos de Marruecos lleva, como tantos parisinos, una vida de estrecheces. Los turistas deslumbrados por el monumental espectáculo de la ciudad del Sena nunca llegarán a imaginar esas existencias. Tener la letrina en el descansillo de la escalera es un problema demasiado presente en algunos distritos de París, pero lo agrava residir en el segundo piso cuando sólo disponen de ella los impares. Line, sin embargo, es un niña alegre. Al menos así la recuerda la Line adulta, que en este libro de recuerdos se revela como una memorialista de primer orden. Amselem ha descompuesto sus recuerdos en pequeñas piezas vibrantes que sabe ofrecer con todo detalle pero con una prosa precisa que huye de la grandilocuencia o la queja autocompasiva. El resultado, y no exagero nada, es hipnótico.

Manuel Vilas se acuerda de títulos largos

Hace unos días, Manuel Vilas escribía para ABC un texto sobre los libros de títulos largos, y se acordaba de El testamento de amor de Patricio Julve, de Antón Castro, seguramente nuestro título más largo del catálogo.

Los títulos infinitos

Los libros con títulos largos no son un invento de ahora, pero en la actualidad proliferan más que nunca. ¿Son garantía de éxito los títulos extensos? Parece que sí

Los títulos largos son peligrosos porque las bestias del olvido no tienen piedad. Y cuando la novela tiene éxito siempre acaba abreviada en su título. Abreviamos la gran novela de Cervantes llamándola El Quijote, cuando vino a este mundo con el nombre de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Lo mismo hacemos con El Lazarillo, que se titulaba La vida de Lazarillo de Tormes: y de sus fortunas y adversidades.

Los títulos infinitos

La modernidad, en cambio, se hizo parca y económica. James Joyce tituló su libro con una sola palabra, Ulises. Franz Kafka y su amigo Max Brod se estiraron un poco y le colocaron un artículo a la palabra esencial: El castillo. También fue lacónico Jorge Luis Borgescon sus Ficciones o, concediéndose la extensión del artículo, con El Aleph. Ya Gabriel García Márquez intuyó que la largura lírica en el título podía ser un acierto, y allí están su El coronel no tiene quien le escriba, o Crónica de una muerte anunciada, o El amor en los tiempos del cólera, títulos que invocaban el exotismo como virtud literaria, el exotismo del Tercer Mundo vendido en largos títulos exuberantes para el mercado occidental.

Los títulos infinitos

En las mesas de novedades de cualquier librería pueden leerse títulos larguísimos de novelas. Parece como si los autores y editores pensaran que la amplitud del título va a alargar la vida comercial del libro.Títulos como tentáculos que se agarran a la mesa de novedades resistiéndose a ser devueltos a los distribuidores o a ser confinados en las estanterías alfabéticas.

Los títulos infinitos

Confieso que no me disgusta el celebérrimo título de Stieg Larsson Los hombres que no amaban a las mujeres; es un buen título, porque lo normal es que los hombres amen a las mujeres; no amar a las mujeres es un misterio; si quieres resolver el misterio, lee la novela. Obviamente, yo no he leído la novela de Larsson. Para resolver estos misterios lo que yo hago es ver la película. Las películas, porque he visto las dos.

Los títulos infinitos

Otro título largo y de éxito reciente es la novela de Jonas Jonasson El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Es este un título que sugiere la posibilidad de una ancianidad contestataria, una ancianidad alternativa, y eso debe de vender seguro, pues todo el mundo quiere ser un anciano cool. Aún me acuerdo de aquella novela inocente titulada El niño con el pijama de rayas. La cursilería puede ser también mansedumbre ideológica.

Los títulos infinitos

Pero los títulos largos más conseguidos son los de Larsson: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina o La reina en el palacio de las corrientes de aire. Son títulos que invitan a pensar en una trascendencia humana detrás de esa selva de palabras: usan la poesía, la usan como reclamo, solo como reclamo. La ampliación del título en una novela suele jugar siempre con la sintaxis. Sí, la sintaxis, aquella vieja disciplina de los bachilleres españoles, que consistía en analizar oraciones. Un título puede calificarse de largo si contiene una oración subordinada, y especialmente si la subordinada es de relativo.

Los títulos infinitos

¿Alguien recuerda las oraciones subordinadas de relativo, también llamadas adjetivas? Son muy hermosas las oraciones subordinadas de relativo. Elvira Lindo utiliza una subordinada de relativo para titular su último libro, Lugares que no quiero compartir con nadie. También lo hace Belinda Alexandra en su novela La lavanda silvestre que iluminó París. Los títulos con oraciones subordinadas de relativo buscan desafiar al lector con un acertijo, buscan también un énfasis sentimental, una cierta euforia del corazón. Kafka y Brod podrían haber titulado así: El Castillo al que nunca irías de vacaciones con tu novia japonesa. Yo debería haber titulado mi última novela de este modo: Los inmortales de Central Park que desayunaban con las ardillas enamoradas. Lo digo por el título de Katherine Pancol:Las ardillas de Central Park están tristes los lunes.

Los títulos infinitos

Charles Bukowski también hizo títulos largos, como El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco. Este título me encanta. El título largo de carácter irónico o con ánimo de broma es otra posibilidad. El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, también era una título irónico, o Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace, con oración de relativo dentro del título.

Los títulos infinitos

La literatura en español también tiene sus larguras: Izas, rabizas, y colipoterras. Drama con acompañamiento de cachondeo y dolor de corazón, de Camilo José Cela; La princesa durmiente va a la escuela, de Gonzalo Torrente Ballester; El disputado voto del señor Cayo o La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes; Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda, o Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, de Rafael Alberti.

Los títulos infinitos

De título largo son también libros más o menos recientes como Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías; El discutido testamento de Gastón de Puyparlier, de Javier Tomeo; Historia abreviada de la literatura portátil, de Enrique Vila-Matas; Proyecto para excavar una villa romana en el páramo, de Luis Antonio de Villena; El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron;Perros que ladran en el sótano, de Olga Merino; El Hacedor (de Borges), remake, de Agustín Fernández Mallo; Plano detallado del infierno, de Antonio Fontana; Interior metafísico con galletas, de Alberto Santamaría; El testamento de amor de Patricio Julve, de Antón Castro; Los pobres desgraciados hijos de perra, de Carlos Marzal; La luz es más antigua que el amor, de Ricardo Menéndez Salmón, o Un buen detective no se casa jamás, de Marta Sanz.

Los títulos infinitos

Hay títulos que parecen engañosamente breves, como 2666, deRoberto Bolaño. Son breves de escritura, pero infinitos en su oralidad: dos mil seiscientos sesenta y seis, nadie puede esperar a la llegada del último seis. Máxime cuando se trata de una cantidad de valor alegórico. Ese título de Bolaño necesita un recorte: «Dos mil y pico», o «Dos y Satanás».

Los títulos infinitos

Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolomé de las Casas, tal vez sea mi título largo favorito. Hay en el corazón loco de la literatura una batalla invisible entre armas cortas y armas largas. Los escritores venimos a este mundo a disparar. Nos es permitido elegir el arma: una dulce, traicionera y diminuta Derringer o una mortífera y gigantesca Magnum del 44. Elige, si puedes.

Xordica en Pérgola

En Pérgola dedicaban un reportaje a libros escritos por periodistas y, entre otros, aparecen Carabinieri, de Fernando Martín Pescador, y El testamento de amor de Patricio Julve, de Antón Castro.

PEQUEÑAS HISTORIAS… en Cultura/s

Isabel Gómez Melenchón firmaba esta estupenda reseña de Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, de Line Amselem, en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia del miércoles 2 de mayo.