Archivos Mensuales: junio 2012

Reseña de TE VEO TRISTE en Numerocero

Elena Medel firma esta magnífica reseña de Te veo triste, de Fernando Sanmartín, y recuerda la estupenda Heridas causadas por tres rinocerontes en numerocero.

Un secreto
por Elena Medel
@medelelena

Al escribir sobre ‘Te veo triste’ no puedo obviar la anterior novela de Fernando Sanmartín,‘Heridas causadas por tres rinocerontes’, uno de los mejores libros publicados en España en los últimos años. No exagero. Jamás me cansaré de releerlo y recomendarlo: pleno de luz y dolor, emocionante, en el que late delicadísima la poesía, y que sortea con inteligencia un argumento difícil, el de la leucemia del hijo del autor.

Sanmartín asume el legado de ‘Heridas’ alejándose en lo formal e insistiendo en la reinvención de los tópicos. El secreto que destapa la muerte del escritor Luis Sampiero permite una historia de reconciliaciones y trenza una rara novela de detectives emocionales en la que la identidad y los motivos importan poco. Sanmartín limita su voz a la del autor y cede a la clásica tercera persona: habla Marta Sampiero, que descubre una nota en la que su padre le ruega que comunique su muerte a Carmen Cabrera. ¿Quién es esa mujer? Si significó para su padre tanto como para querer que la buscaran, ¿por qué no la conoce? ‘Te veo triste’ ahonda en la obsesión de Sanmartín por la memoria: bien propia para construir una común, bien ajena para explicar la de uno mismo, autor o lector. La expresión coloquial del título contrasta con la escritura mimadísima, de belleza generosa —“ Bruselas tiene algo de ciudad bolígrafo que sirve para escribir lo que uno ha visto antes”, “una mujer puede ser un lápiz que sirva para dibujar una pistola” — y vivísima gracias al uso del presente.

Los mejores momentos de ‘Te veo triste’ alcanzan la altura de ‘Heridas’. Oculto tras la brevedad de sus libros, en falsa equivalencia entre el número de páginas y la ambición o la calidad, silencioso como sus personajes en el catálogo de la exquisita Xordica, Fernando Sanmartín es —no exagero— uno de nuestros grandes narradores, aunque parezca de otro mundo: íntimo a la francesa, cotidiano a la italiana, empeñado en lo universal.

 

PEQUEÑAS HISTORIAS… en Libros y Literatura

Susana Hernández firma esta reseña de Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, de Line Amselem, en la que se acuerda de Ropa tendida, de Eva Puyó, en el blog Libros y Literatura.

 

Lo terminé. Y no, no pienso esperar a que repose ni un minuto más en mi cabecita, estoy hirviendo de ganas de contarles algo sobre estas “Pequeñas historias de la Calle Saint-Nicolas”.

Quien me lo ha regalado, sabe que la editorial Xordica me está sorprendiendo muy gratamente, como cuida el diseño, las portadas… Pero sabía, sobre todo, que la lectura del libro me haría desear contar, compartir y animar a que todos leáis esta “curiosité” literaria.

Otra vez un libo en forma de caja de pequeños bombones para compartir. El chocolate siempre tiene esa capacidad evocadora de la infancia… Y si digo bombones es porque cuando alguien narra en primera persona y de una forma tan cercana y aparentemente sincera, no podemos hablar de chocolate sin más. Incluso ha habido capítulos en los que el bombón venía relleno de las mejores y más exquisitas sorpresas.

Line Amselm, la autora, nos narra su infancia a través de estas “Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas”, sus pequeñas historias, las más ciertas, aquellas que quedaron en el fondo de sus recuerdos infantiles

Line Amselem, es una escritora francesa de origen judeo-español. Siendo niña, en casa, con sus padres y hermanos, hablaba ladino, también denominado judeoespañol o djudezmo, que  es el idioma que fue y sigue siendo hablado por los judíos que vivían en España hasta la expulsión en 1492 de los llamados “sefardíes”. Yo lo había escuchado en Francia pero sobre todo en Estambul.

Me ha resultado curioso este mundo que nos presenta la autora. Su mundo más cercano, su círculo más próximo, nos acerca sus recuerdos más íntimos, esos que quedan guardados en el corazón, casi rozando el alma. Jamás yo soñé  adentrarme tanto en la forma de vida de una familia tan peculiar, casi con pudor he asistido a sus ritos religiosos, he sobreentendido esos pequeños secretos familiares de los que nunca se habla…, en definitiva, he vivido como una más en esta pequeña casa de  la Calle Saint-Nicolas.

Los padres de Line nacieron en Marruecos y en los años sesenta, como tantos otros judíos procedentes del Magreb, emigraron a París, primero el padre, que pasó de ser un hombre de una cierta posición en su país, a ser un “judío pobre” ¿Pensaban, como yo, que no existían?

Nuestra autora nace en 1966, tiene una hermana y un hermano mayores, y nace ya como ciudadana francesa, pero en una familia diferente. Ser y sentirte distinto entre los distintos…, es curioso que poquito han cambiado algunas cosas. Algunos insisten en  olvidar de donde vienen, otros olvidan que llegaron de lugares distintos, con otras formas de vida, otros ritos … Que importante es recordar… Al menos para ser más justos.

Entras en la vida de una familia en la que dirías que no pasa nada. Pero pasa; pasa de forma sencilla la vida.  Como en un paseo, de casa a la zapatería de papá  pasando por la pastelería en la que nos quedamos siempre mirando esos pasteles que un día, por fin, podemos comprar. En mi caso sería al revés, mi padre era el pastelero y yo la que miraba siempre con ojillos lamineros aquellos zapatos de negro charol reluciente…

Esta estupenda historia la recomiendo para que, cuando regresen a París, puedan pasear por la Calle Saint-Nicolas con otra mirada, pero también para que regresen a aquellas calles en la que pasaron su infancia, o su juventud, como en el caso de aquella “Ropa tendida” de la que nos habló en su día Eva Puyó cuando miraba por el retrovisor de la vida… La familia, les decía entonces, es ese patio interior en el que todos intentamos ocultar, de las miradas ajenas, nuestras miserias. Y es que todos tenemos pequeñas historias a las que debemos acercarnos con todo el cariño que puede darnos el espacio y el tiempo… Y el recuerdo selectivo es siempre amable, aunque recordemos, incluso, las lágrimas derramadas.

Yo también recuerdo mis días de niña en Valls, viviendo en el barrio de los Judíos, siendo distinta entre las distintas … pero igual entre mis iguales. Creo,  en definitiva, que si somos capaces de recordar la infancia, entresacaremos aquellos momentos más felices, y por los otros, los tristes y dolorosos,  pasaremos de puntillas; los haremos presentes sí, pero como hace la autora, a través del dolor ajeno: Que, como casi siempre ocurre, condensaremos en el dolor y las lágrimas maternas.

Susana Hernández

Una entrevista a LINE AMSELEM en Troa

La revista de las librerías Troa publica en su último número una extensa entrevista con Line Amselem.

Entrevista a Line Amselem

Reseña de UNA FAMILIA NORMAL, en La Opinión de Málaga

El pasado sábado, en La Opinión de Málaga, apareció esta elogiosa reseña de Una familia normal, la novela de Santiago Gascón.

Entrevista con Line Amselem

Hace unos días, entrevistaron a Line Amselem en Radio Sefarad. Para los que no pudisteis conocerla, aquí está la entrevista íntegra.

La foto es de Vicente Almazán, la tomó mientras Line firmaba ejemplares en la caseta de Portadores de sueños en Zaragoza.

Reseña de Te veo triste, de Fernando Sanmartín

Álvaro Valverde compartía hace unos días en su blog esta reseña de Te veo triste, la novela de Fernando Sanmartín.

No sabría decir si ésta es la primera novela de Fernando Sanmartín. Parece que sí. Los editores no destacan ese hecho. Estoy de acuerdo. Al fin y al cabo, el escritor zaragozano no es nuevo en el panorama narrativo y, además, me da la impresión de que clasificar sus libros en un género determinado es imposible: sus dietarios contienen relatos y sus cuentos pudieran ser calificados como poemas en prosa. Sólo sus poesía, señalada como tal, está compuesta por poemas; así, en su penúltimo libro, El llanto de los boxeadores (La Isla de Siltolá). En Te veo triste, sobre todo una novela corta (una nouvelle), esa mezcla es perfecta. Su argumento es sencillo y puede resumirse del siguiente modo: el escritor Luis Sampiero muere y deja a su hija Marta una nota: “Dile a Carmen Cabrera que he muerto”. Pero también participa del diario (las anotaciones de Sampiero en sus cuadernos de viaje) y, con las formas delicadas que gasta Sanmartín, de la poesía, aunque nada más lejos de la tópica novela de poeta que este libro. Al revés. Que enganche desde las primeras líneas es buena señal de su carácter eminentemente narrativo. Uno aprovechó el silencio de la mañana de Ferias para leerla de una sentada. Había empezado la tarde anterior con las primeras páginas y nada me apetecía más. Lo hice lápiz en mano, algo poco usual cuando de novela se trata. Y eso porque otro género (con perdón) presente en Te veo triste es el aforístico: el narrador (no está escrita en primera persona) se expresa a veces en un tono sentencioso y dice: “El paso del tiempo es un mendigo cuyo nombre jamás conoceremos” o “Eso es la vida en ocasiones. Un reloj averiado” o “Cada ciudad tiene su diario íntimo” o, pongo por caso, “Somos una consecuencia de lo inesperado”. Se podrían espigar muchos más y, ahora que está de moda, ensamblar -tomando sentencias del resto de su obra- un bonito volumen de aforismos.
Otro de los rasgos destacables es el uso de las metáforas, una manía, ya ven, de Sampiero.
Su prosa, marca de la casa, se apoya en la fragilidad, la sugerencia, el velamiento y, más que nada, en la sutileza. De ahí que lo poético no le sea ajeno.
¿Sus temas? El amor (el paternofilial y el otro: Carmen, Juan), la muerte (no en vano ése es el meollo de la novela), los viajes (que nunca faltan en la literatura de FS)…
El clima, muy conseguido, desde el mismo título, es melancólico: “Adicción a la melancolía”, dijo Connolly. O triste. Siempre, eso sí, desde la serenidad, por desesperada que sea. Una atmósfera muy adecuada para expresar “desvalimiento”, que es lo que siente Marta ante la inesperada muerte de su padre.
También hay reflexión sobre leer y sobre escribir, sobre librerías y bibliotecas, algo natural si tenemos en cuenta que el protagonista era escritor.
Hay palabras clave que se repiten, algunas con cierta frecuencia: búsqueda, pasado, curiosidad, cobijo (o refugio)… Dan pistas fiables al lector quien, por cierto, es tratado con la cortesía orteguiana de la claridad, por más que esta prosa nada tenga que ver con la muy engolada del filósofo.
Porque he leído otros libros de FS, no he podido evitar las comparaciones. No de calidad. Me refiero a las coincidencias: viajes de sus diarios que sirven para la trama. Lugares habituales, como la ventosa Zaragoza (omnipresente, un personaje más), o no tanto: Varsovia, Dublín, Cracovia, Hondarribia -y los barcos-… También hay otros deliberados guiños detectables: la aparición de nombres reales (Antón Castro, Daniel Gascón, Melero, Martínez de Pisón…), pongo por caso. Cuando llevaba uno dándole vueltas a la idea de que el ambiente de la novela y hasta su tono me recordaban al mallorquín José Carlos Llop, Sanmartín lo cita expresamente. Como en los casos anteriores, entiendo que a modo de homenaje. En esta ocasión, doble: por lo que esta novela tiene de modianesco: las listas, los datos, las direcciones, los nombres…
Hay mucho de FS en los contados personajes de Te veo triste. Normal. Con todo, el lector es incapaz de mirar desde fuera la narración y se inmiscuye en ella con todas las consecuencias. Eso me pasó al menos a mí, que sentí un inesperado estremecimiento al leer las últimas líneas, se presintieran o no. Precioso final, sin duda.
Me agradan, y termino, algunas coincidencias con los personajes: el gusto por el té, por los cuadernos con las hojas en blanco (y no cuadriculadas), por los lápices de los hoteles, por la librería Tropismes (en Bruselas, “ciudad bolígrafo”, trabaja como traductora Marta Sampiero), que Sampiero regalara a Carmen un libro de Coppola, etc. Eso y que uno también escribe y, además, tiene una hija que, como Marta, un año de estos (eso espero) se ganará la vida con un idioma distinto al materno. Son detalles, sí, pero, como bien sabe Fernando Sanmartín, es importante que otros miren cosas que a uno le interesan.
Ah, qué edición, la de Xordica, tan adecuada al contenido. Me cuesta imaginar este libro en un formato más hermoso y mejor. Una delicia.