Archivos Mensuales: enero 2013

Danzas de guerra, por Miguel Ángel Muñoz

Miguel Ángel Muñoz, escritor y autor del blog “El síndrome Chejov”, ahora alojado en Diario Kafaka, de El diario, publica hoy una reseña estupenda de Danzas de guerra, de Sherman Alexie. 

La compartimos:

danzas

La condición de Sherman Alexie (Wellpinit, Washington, 1966) como miembro de la tribu indiaspokane funciona como un mcguffin en todos sus relatos. Parece que sus cuentos tratan sobre la difícil condición del indio contemporáneo, y en realidad sus historias tratan de otras cosas. Ya saben, los temas importantes: las relaciones padres-hijos, cómo enfrentarse a la enfermedad y a la muerte, pero sobre todo a la vida, cómo sobrellevar la dilapidación de las hermosas herencias míticas que recibimos al nacer, y que se descascarillan con el tiempo, cómo superar las derrotas gracias al humor. Todos los humores son bilis pero también ternura. Porque ternura hay en abundancia en este volumen de cuentos que ganó el prestigioso National Book Award –que tienen la mayoría de los grandes de la ficción norteamericana, excepto Salinger y Foster Wallace-. Los personajes de Sherman Alexie reparan en todos sus cuentos en el absurdo que supone tomarse a sí mismos demasiado en serio, y aunque eso no les libre de amarguras, la espita del humor, servida en diálogos hilarantes, muy ágiles, rebaja el dramatismo de sus vidas, casi siempre en encrucijadas en las que ni siquiera se plantean tomar ningún camino. Y ser indios, como ser judío para el alter ego de Woody Allen, significa ser depositarios de un tesoro divino que es un inconveniente terrenal. Las danzas rituales que rogaban a la naturaleza por la protección de la salud apenas sirven al protagonista del cuento que da título al volumen para un objetivo bien menor: conseguir una manta con la que cubrir en el hospital a su padre enfermo, que tiene frío, cada vez más frío. “¿Es cierto que el único término literario que tiene algún significado en el mundo nativo americano es road movie?”, se pregunta el personaje. Su padre, “el hombre del que siempre me he sentido más cerca es el que más me ha decepcionado”, es un borracho diabético. Su hijo se reconoce incapaz de identificar cuál es el legado que le deja ese hombre a punto de morir. Mientras  tanto, el humor negro sirve como terapia efectiva.

“-A mi padre le acaban de cortar los pies-dije.

-¿Diabetes?

-Y vodka.

-¿Vodka solo o con un poco de nostalgia?

-Los dos.

-Causas naturales para un indio.”

Uno coge cariño a sus personajes y los acompaña en sus disquisiciones, sus monólogos absurdos, sus reacciones contemporizadoras, como las de Paul Sinembargo, que cree enamorarse de una atractiva mujer a la que conoce en una terminal de aeropuertos. Esa medicina anti-tedio hará que busque a la dama en cada uno de sus viajes, todo para sentir que no está tan solo. En “El hijo del senador”, magnífico, un tipo pega una paliza a un antiguo amigo homosexual, al que ni siquiera ha reconocido pues llevan mucho tiempo sin verse. Metido en un problema muy gordo, acude como un auténtico bebé a pedir ayuda a su padre, un senador al que se le augura una brillante carrera presidencial. El cuento está resuelto con gracia paradójica y una ambigua sutileza. En “Allanamiento de morada” un guionista se ve sorprendido en su casa por un ladrón al que mata sin pretenderlo, y el hecho de que el ladrón sea un joven negro le hace replantearse su situación de blanco acomodado al que nadie identifica con un indio. “La mayoría de la gente cree que soy uno de esos blancos que se ponen morenos.” En el divertido “Sal” a un periodista novato le cae el encargo de redactar una necrológica y se entrevista con la viuda del difunto, lo que da lugar a una situación hilarante.

Los siete relatos largos del libro se van alternando con poemas –esos poemas narrativos típicamente norteamericanos que son más bien anécdotas versificadas; a mi entender, flojos, aunque le dan al libro un aire distinto-. Pero si nos centramos en los cuentos de Alexie, su lectura es una delicia vital, muy recomendable para todos aquellos que, sean o no pertenecientes a una tribu india, aprecien que la melancolía no es incompatible con el sentido del humor y disfruten con esos personajes que, a través de los diálogos, son capaces de cuestionarse su mundo y el de los que les rodean. No somos tan importantes porque, al fin y al cabo, ¿quién sabe bailar hoy danzas de guerra? ¿Quién quiere bailarlas?

Escritores y escrituras, un libro para bibliófilos

Daniel Heredia elabora una lista diez de libros sobre libros en su blog y recomienda Escritores y escrituras, de José Luis Melero.

Dice del libro:

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Escritores y escrituras, de José Luis Melero. Los lectores de este autor aragonés estamos de enhorabuena porque su último libro de artículos bibliófilos/literarios (119 piezas breves en total) es un Melero en estado puro. Esta continuación del fantástico La vida de los librosnos volverá a hacer disfrutar porque sus textos nunca se cierran en sí mismos, siempre abren puertas a otros libros, a otros autores. Hace años que guardo con aprecio de coleccionista fanático esas fantásticas memorias suyas tituladas Leer para contarlo. Las reflexiones de todos sus trabajos son certeras, jugosas, divertidas, estimulantes. Una gozada. (Xordica, 15,95 €)

 

Danzas de guerra en El Placer de la Lectura

Recuperamos la reseña de Danzas de guerra, de Sherman Alexie, que publicó Pepe Rodríguez en El Placer de la lectura. 

¡Oh, sí! Cómo me gusta leer a Sherman Alexie. Ya sé que a ustedes ni les abanican los gustos míos, pero no puedo evitar decírselo. En realidad es tan tonto como que el plato preferido de Ferrán Adrià sean las carrilleras. Por mucho que a él le gusten a ustedes seguramente no les apetezca ni probarlas. Pese a esto les voy a exponer las razones por las que me gusta, perdónenme por ser esta vez menos ecuánime que otras veces.

Danzas de guerra es una  colección de relatos de un nivel superior al medio. Racial, (como su propio autor Sherman Alexie 1966 EEUU, indio spokane), divertida, cultivada, mordaz, ácida y con el mejor sentido del humor que no es otro que el de reírse de uno mismo. Pero cuenta por añadidura con una capacidad de entender al género humano diferente, básica, -india, vamos- la sabiduría instintiva que tienen los mayores aceptada por los jóvenes y verificada empíricamente.

Allanamiento de morada presenta al doble del autor sufriendo la persecución de la opinión publica por ser otro blanco que ha matado a un ladrón negro en su casa. Lo trágico se mezcla con la realidad, los argumentos racistas flojean cuando se descubre que ha sido un indio spokane quien lo ha hecho tranquilizando a todos menos a su conciencia. Algo semejante le sucede a Paul  Sinembargo, el bucólico protagonista de su balada, un hombre que ha perdido el deseo sexual por su mujer, la más atractiva de todas las que hay sobre la tierra, después de verla dar a luz a sus hijos. Paul ahora deambula por los aeropuertos en busca de una desconocida calzada con unas puma rojas para lograr exorcizarse.

La redención y cómo conseguirla es el objetivo de Terrible simetría. Un escritor es contratado para escribir un guión sobre un incendio forestal, pero sufre en su capacidad creativa la castración que los magnates el cine le imponen y que se traslada más allá del contrato. Logra esa redención de la forma más heterodoxa.

Danzas de guerra, abunda sobre el perdón, sobre la relación que al autor tuvo con su padre borracho y los cuidados otorgados estando terminal.

El hijo del senador es el texto más dramático, dotado de una intriga inusual que mantiene al lector pegado al libro, tras descubrir que la carrera de un senador demócrata está en peligro por la paliza que su hijo y sus amigotes le propinan a una pareja de homosexuales. Por desgracia uno de ellos era el mejor amigo del hijo.

La poesía se abre camino en los interludios refrescando el contenido ya de propio atractivo. Anécdotas, sabiduría tradicional, consejos, paradojas, cajas chinas, círculos viciosos que se entrecruzan en este fresco mosaico de la vida norteamericana girada hasta el inverosímil ángulo de un indio spokane culto, escritor reconocido, criado en un colegio católico, blancucho y hasta atractivo.

Espero que les guste tanto como a mí.

*La imagen está tomada de aquí.

Escritores y escrituras, una lectura.

Álvaro Valverde escribía de Escritores y escrituras, de José Luis Melero, en su blog.

Volutas de lector

Llevo años siguiéndole la pista a José Luis Melero, pero sólo ahora puedo decir que he leído un libro suyo, Escritores y escrituras. Lo ha editadoXordica. Reúne ciento diecinueve artículos publicados en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragónentre 2009 y 2012 y está dedicado a la memoria de uno de sus mejores amigos, Félix Romeo, al que tanto seguimos echando de menos, ahora que se cumple el primer aniversario de su intempestiva muerte.
De amistad y de lealtades, por cierto, tiene mucho este libro. Al citado Romeo, sí, pero también a Ignacio M. de Pisón (que vive en Barcelona pero que vuelve cada poco a su ciudad natal), Ismael Grasa, Fernando Sanmartín, Luis Alegre, etc.; es decir, a algunos de los más esclarecidos representantes de la intelectualidad aragonesa, un puñado de escritores a los que da gusto leer y por los que uno siente un respeto absoluto. Por aquello de la provincia, sobre todo, ese mundo periférico tan devaluado que, como aquí se ve, da para mucho. En efecto, de “mis pasiones aragonesas” hay no poco en Escritores y escrituras pero el marbete de “autor local” no limita, todo lo contrario, los acercamientos de Melero al mundo, a su mundo, que a fuerza de particular es ancho y ajeno. Aragonesa es la jota y quien la cantó acaso como nadie, José Oto, como aragoneses son los numerosos autores (en especial los desconocidos u olvidados) y las abundantes obras (novelas, crónicas, libros de poesía, memorias…) de los que da buena cuenta el bibliófilo zaragozano. Esa condición, supongo, se antepone a cualquier otra; por ejemplo, la de aficionado al fútbol (del Zaragoza, por supuesto) o la de coleccionista de objetos raros y curiosos con veleidades fetichistas. Un bibliófilo, conviene decirlo, de los siguen prefiriendo una buena novela o un buen ensayo al catálogo de una librería de viejo, por tentador que resulte. Un bibliófilo que lee, cosa rara. Alguien que reconoce lo mucho que valora el humor, de ahí que las anécdotas, las curiosidades, los apuntes y todo cuanto cuenta estén impregnado de ese sentido propio gente inteligente y poco o nada solemne. Así cuando se refiere a las “santas, pacientes y resignadas” mujeres de los bibliófilos (en el hilarante “De compras”), a los cleptómanos, a los propios bibliófilos o a tantos y tantos personajes, vivos y muertos, de los muchos que pueblan las páginas de este libro: los Labordeta (Miguel y José Antonio, al que dedica un artículo memorable por culpa, ay, de su fallecimiento), Luys Santa Marina, José María Hinojosa, Urbano Lugrís, Luciano Gracia, Chaves Nogales, el pesado de Cañabate (“Coño, vete”, le decían los amigos cuando llegaba a la tertulia del café), Teresa Wilms, José Manuel Castañón, Jesús Moncada, Ciro Bayo (que viajó a Yuste con los Baroja), etc. Una sombra tutelar, se podría decir, es la de su admirado Andrés Trapiello (con su inseparable Bonet, bibliófilos de pro), lo que no le impide trazar sendos retratos (elogiosos) de Gimferrer y de Tàpies. Aparece, cómo no, nuestro Bartolomé Gallardo (y de rebote Rodríguez Moñino), algo que me lleva a pensar la insalvable diferencia entre la manera de proceder, y de escribir, de este sabio erudito y la que gastan los de por aquí, tropa diz que informada, pero carentes de la gracia y el estilo de quienes hablan con pasmosa y honda naturalidad de los libros sin más rebozos que los del rigor y el entusiasmo. Por eso me he acordado de Fernando Pérez al leer muchos pasajes de la obra, como cuando se menciona a Azorín y la presencia de Aragón en su obra (o en su vida, no en vano se casó con una maña).
Letraherido confeso -a falta de sueños cumplidos, leamos-, Melero declara que siempre lo ha hecho “con un lapicero en la mano”. Se nota a la legua. Lo mismo que se aprecia lo buen conversador que será. A uno, al menos, le gustaría seguir escuchando, más allá de los límites de estas entretenidas cuartillas, todo lo que podría seguir relatando de esa panda de escritores en las afueras del canon que, sin embargo, tantas lecciones de literatura nos pueden dar. Eso era hasta hace poco Chaves Nogales, sin ir más lejos, y ahora…
Alude Melero, en fin, a “este expositor o vitrina de rarezas bibliográficas”, de “volutas de lector”, y no puede uno por menos que mirar para otro lado, como si no se estuviera refiriendo a estas prosas amenas que uno lee tan sustanciosas y vivas.