Escritores y escrituras, una lectura.

Álvaro Valverde escribía de Escritores y escrituras, de José Luis Melero, en su blog.

Volutas de lector

Llevo años siguiéndole la pista a José Luis Melero, pero sólo ahora puedo decir que he leído un libro suyo, Escritores y escrituras. Lo ha editadoXordica. Reúne ciento diecinueve artículos publicados en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragónentre 2009 y 2012 y está dedicado a la memoria de uno de sus mejores amigos, Félix Romeo, al que tanto seguimos echando de menos, ahora que se cumple el primer aniversario de su intempestiva muerte.
De amistad y de lealtades, por cierto, tiene mucho este libro. Al citado Romeo, sí, pero también a Ignacio M. de Pisón (que vive en Barcelona pero que vuelve cada poco a su ciudad natal), Ismael Grasa, Fernando Sanmartín, Luis Alegre, etc.; es decir, a algunos de los más esclarecidos representantes de la intelectualidad aragonesa, un puñado de escritores a los que da gusto leer y por los que uno siente un respeto absoluto. Por aquello de la provincia, sobre todo, ese mundo periférico tan devaluado que, como aquí se ve, da para mucho. En efecto, de “mis pasiones aragonesas” hay no poco en Escritores y escrituras pero el marbete de “autor local” no limita, todo lo contrario, los acercamientos de Melero al mundo, a su mundo, que a fuerza de particular es ancho y ajeno. Aragonesa es la jota y quien la cantó acaso como nadie, José Oto, como aragoneses son los numerosos autores (en especial los desconocidos u olvidados) y las abundantes obras (novelas, crónicas, libros de poesía, memorias…) de los que da buena cuenta el bibliófilo zaragozano. Esa condición, supongo, se antepone a cualquier otra; por ejemplo, la de aficionado al fútbol (del Zaragoza, por supuesto) o la de coleccionista de objetos raros y curiosos con veleidades fetichistas. Un bibliófilo, conviene decirlo, de los siguen prefiriendo una buena novela o un buen ensayo al catálogo de una librería de viejo, por tentador que resulte. Un bibliófilo que lee, cosa rara. Alguien que reconoce lo mucho que valora el humor, de ahí que las anécdotas, las curiosidades, los apuntes y todo cuanto cuenta estén impregnado de ese sentido propio gente inteligente y poco o nada solemne. Así cuando se refiere a las “santas, pacientes y resignadas” mujeres de los bibliófilos (en el hilarante “De compras”), a los cleptómanos, a los propios bibliófilos o a tantos y tantos personajes, vivos y muertos, de los muchos que pueblan las páginas de este libro: los Labordeta (Miguel y José Antonio, al que dedica un artículo memorable por culpa, ay, de su fallecimiento), Luys Santa Marina, José María Hinojosa, Urbano Lugrís, Luciano Gracia, Chaves Nogales, el pesado de Cañabate (“Coño, vete”, le decían los amigos cuando llegaba a la tertulia del café), Teresa Wilms, José Manuel Castañón, Jesús Moncada, Ciro Bayo (que viajó a Yuste con los Baroja), etc. Una sombra tutelar, se podría decir, es la de su admirado Andrés Trapiello (con su inseparable Bonet, bibliófilos de pro), lo que no le impide trazar sendos retratos (elogiosos) de Gimferrer y de Tàpies. Aparece, cómo no, nuestro Bartolomé Gallardo (y de rebote Rodríguez Moñino), algo que me lleva a pensar la insalvable diferencia entre la manera de proceder, y de escribir, de este sabio erudito y la que gastan los de por aquí, tropa diz que informada, pero carentes de la gracia y el estilo de quienes hablan con pasmosa y honda naturalidad de los libros sin más rebozos que los del rigor y el entusiasmo. Por eso me he acordado de Fernando Pérez al leer muchos pasajes de la obra, como cuando se menciona a Azorín y la presencia de Aragón en su obra (o en su vida, no en vano se casó con una maña).
Letraherido confeso -a falta de sueños cumplidos, leamos-, Melero declara que siempre lo ha hecho “con un lapicero en la mano”. Se nota a la legua. Lo mismo que se aprecia lo buen conversador que será. A uno, al menos, le gustaría seguir escuchando, más allá de los límites de estas entretenidas cuartillas, todo lo que podría seguir relatando de esa panda de escritores en las afueras del canon que, sin embargo, tantas lecciones de literatura nos pueden dar. Eso era hasta hace poco Chaves Nogales, sin ir más lejos, y ahora…
Alude Melero, en fin, a “este expositor o vitrina de rarezas bibliográficas”, de “volutas de lector”, y no puede uno por menos que mirar para otro lado, como si no se estuviera refiriendo a estas prosas amenas que uno lee tan sustanciosas y vivas.

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