Archivos Mensuales: marzo 2013

Danzas de guerra en La tormenta en un vaso

danzas
María José Montesinos
¡Cuántas veces una metáfora no es sino el recurso más simple y directo para vestir literariamente una historia! Eso nunca sucede en el caso de Sherman Alexie. El paralelismo que establece entre el oficio de montador cinematográfico del protagonista del primero de los relatos de este libro y la forma fragmentada de contar la historia, con flashbacks, cambios de plano y de puntos de vista, resulta una brillante muestra de cómo este autor maneja la escritura al más alto nivel. No es del todo extraño porque la de montador es una profesión de la que ha estado muy cerca Alexie que, además de escritor de relatos y novelas, es también poeta y guionista cinematográfico.
Aparte de lo dicho, es un indio spokane y cour d’alene, dos tribus cercanas cultural y genéticamente de las que apenas quedan unos cientos de miembros en la actualidad. Creció en la reserva de Wellpinit, en Washington, estado en cuya capital, Seattle, sigue viviendo y en cuyas universidades ha estudiado.
Pese a que provenga de una cultura tan singular, no se instala en la excepcionalidad, antes bien posee (y utiliza) una voz universal, tanto por la profundidad y anchura de su mirada sobre el mundo, como por el tratamiento de sus temas y la riqueza de sus recursos estilísticos. Alexie puede narrar en primera persona con igual competencia las reflexiones de una madre soltera, los pensamientos del homófobo hijo de un senador republicano, o los percances emocionales de un infiel comerciante de ropa vintage. Y lo hace con la misma credibilidad que cuando aborda circunstancias más cercanas a su biografía, como las cavilaciones de un padre de familia nativo americano preocupado por la reaparición de una grave enfermedad padecida en la infancia. La prosa poética de Alexie puede hablar de las cosas más lejanas al lector y hacer que éste las sienta como propias. Es capaz de convertir en literatura un cuestionario médico o hacer un tratado de tres páginas sobre la pérdida, tras caer en la cuenta de que el americano medio expresa sus emociones recurriendo a las canciones de las listas de éxito radiofónicas.
El libro va intercalando los relatos con la poesía. Las novias de las ciudades pequeñas le sirven para evocar la complicidad humana ante las adversidades, las disputas infantiles entre hermanos para una defensa de las tradiciones culturales indias, la visión del intento de atropello en un perro para preguntarse «¿Por qué creen los poetas que pueden salvar el mundo? La única vida que puedo salvar es la mía».
La extrema humanidad que aparece en sus creaciones le hace sonar como un clásico aun cuando componga melodías radicalmente contemporáneas.Se trata, a mi parecer, de uno de los mejores escritores de nuestra época. Por eso es muy de agradecer que una editorial pequeña, como la aragonesa Xordica, publique estos relatos, ya lo hizo con su anterior recopilación Diez pequeños indios; ambos con la sobresaliente traducción de Daniel Gascón.
Pese a que Alexie es un escritor viajado y de gran erudición, muchas de estas narraciones cortas se sitúan en el mundo de los nativos americanos. Tal vez porque, como dice, «no es que uno elija su cultura, sino que tropieza y cae sobre ella», o porque una simple anécdota familiar puede resultar más reveladora que un documental de denuncia social. En el relato que da título al libro, un hombre busca por todo el hospital una manta india para su anciano padre, helado de frío bajo las gélidas sábanas de la sala de postoperatorio, cercenado por la diabetes y por lo que en las reservas se considera causa de muerte natural: el alcoholismo.
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Jordi Puntí lee un fragmento de Los castellanos

Para cerrar la presentación de Los castellanos en Portadores de sueños, Jordi Puntí leyó un fragmento del libro.

El vídeo es cortesía de Eva Cosculluela, librera de Portadores de sueños.

El talento es cosa de hermanos

En DiarioKafka, Paula Corroto indaga sobre la relación ente talento y genes a partir de una familia de escritores: Daniel Gascón y Aloma Rodríguez son hermanos e hijos de Antón Castro. Los tres escriben. Los tres han publicado en Xordica.

(Foto: Pippi Teltley)

En 2010, el escritor Daniel Gascón (Zaragoza, 1981) obtuvo el reconocimiento de Nuevo Talento Fnac por su novela La vida cotidiana (Ediciones Alfabia) en la que, como sucedía con otros libros suyos como El fumador pasivo o La edad del pavo mostraba su voz personalísima en la que todo lo que acontece se puede tocar con las manos. Se palpa, se huele o se sufre. Y todos sabemos de qué nos está hablando.

(Foto: María Sánchez)

Ahora, curiosamente, la agraciada con el mismo premio ha sido su hermana Aloma Rodríguez (Zaragoza, 1983) con el libro Solo si te mueves (Xordica), en el que cuenta la historia de una estudiante de Filología Hispánica que se marcha a trabajar al parque temático Dinópolis en Teruel. Novela de aprendizaje en la que también suceden todas esas cosas que a uno le ocurren según avanza nuestra línea cronológica: las fiestas en los bares de pueblo, el encuentro con chicos guapos, los karaokes. En fin, el humor, el amor y el sexo. Rodríguez es autora de otras historias como París Tres (Xordica), en la que se mezclaban sus experiencias como estudiante Erasmus en la capital francesa, y Jóvenes y guapos (Xordica), libro de relatos que recibió el Premio de Narrativa en castellano de la Universidad de Zaragoza.

(Foto: Vicente Almazán)

¿Talento literario en los genes? La cosa tiene su miga, puesto que el progenitor de ambos es el también escritor, dramaturgo y periodista Antón Castro, autor de libros como El testamento de amor de Patricio Julve o Fotografías veladas. Interesante camada e interesante grupo literario del que también formaba parte el genial Félix Romeo. Hay familias corruptas y bastante chuscas entre las más importantes de este país. Y luego están las otras, las que desde la anonimia merecen la pena.

Una entrevista con Jordi Puntí

 

JORDI PUNTÍ PRESENTÓ AYER EN LOS PORTADORES DE SUEÑOS ‘LOS CASTELLANOS’

 

“A pesar de inculcarnos la diferencia, éramos muy iguales”

El libro plasma la emigración desde el sur hacia un pueblo catalán, a partir de la infancia del autor

E. SANTORROMÁN 16/03/2013

“El primer paso de este libro fue el escribir una serie de artículos para una revista catalana, L’ Avenç, que tenían que ver con mi memoria personal. En ese momento estaba escribiendo Maletas perdidas y había un personaje, un hombre andaluz, que se había ido a vivir al extrarradio de Barcelona y pensé que podía contar la historia de cuando llegaban los andaluces a mi pueblo (Manlleu). A través de estos recuerdos de infancia podía relatar esa situación”, rememora el escritor Jordi Puntí. El autor presentó ayer su último libro,Los castellanos, en la librería zaragozana Los portadores de sueños.

 

EMIGRACIÓN En la obra, el lector se trasladará a un pequeño pueblo de la provincia de Barcelona, Manlleu, a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, cuando emigrantes del sur de España se desplazaban a zonas industriales. El nombre del libro tiene que ver con la forma en que sus habitantes llamaban a los forasteros que no procedían de Cataluña, independientemente de si fueran o no castellanos. “La mayoría eran de Murcia, de Extremadura o de Andalucía pero la gente les llamaba así porque hablaban en castellano y porque era también una forma de simplificar”, explica Puntí. Y puntualiza que “era dar un nombre a algo desconocido, alguien que viene de fuera, del que tienes un cierto recelo”.

El libro cuenta las anécdotas que surgían con la convivencia de los niños que vivían allí, así “un día nos peleábamos, otro día jugábamos un partido de fútbol, otro discutíamos o nos ignorábamos”, a pesar de que ambas comunidades no hacían su vida conjuntamente y se evitaban.

Pero hay una cuestión de fondo que subyace en el libro: “Como niños vivimos la infancia como una ficción y conviertes cada momento de juego como en una película de aventuras”. Para Jordi Puntí: “Los tópicos se perpetuaban en las situaciones por acudir a esos lugares comunes, para marcar las diferencias entre unos y otros”. “Cuando uno se va de la tierra en la que ha nacido y va a parar a otro sitio la identidad se forja a partir de los otros, lo que es terrible”, matiza.

Pero sí había puntos de encuentro donde los niños jugaban a soñar, independientemente de su procedencia, como en un quiosco de chucherías y regalos de Manlleu: “A pesar de que querían inculcarnos esta diferencia, éramos todos muy iguales, porque los referentes culturales populares eran los mismos”. Y confiesa que “los catalanes nos reflejábamos más en ellos, envidiábamos la libertad que tenían”. A pesar de venir de lugares distintos, había un algo compartido en la infancia.

(Ver entrevista)

Una entrevista con Aloma Rodríguez en Heraldo (digital)

Pedro Zapater firma esta entrevista con Aloma Rodríguez en la versión digital de Heraldo de Aragón.

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Aloma Rodríguez: “Hay que moverse, aunque sea para equivocarse”

Pedro Zapater.

La escritora zaragozana presenta ‘Solo si te mueves’ (Xordica), una novela que mezcla humor, amor y sexo que transcurre en Dinópolis y Teruel.

La escritora Aloma Rodríguez (Zaragoza, 1983) publica ‘Solo si te mueves’ (Xordica), una novela de aprendizaje que transcurre en Teruely que entremezcla amor, humor y sexo en un perfecto combinado narrativo, una agitación literaria con la que emerge como Nuevo Talento Fnac. Esta tarde presenta su tercer libro (Fnac Plaza de España, 20.00), después de ‘París tres‘ (Xordica, 2007) y ‘Jóvenes y guapos’ (Xordica, 2010), junto a los periodistas Eva Hinojosa y Miguel Mena. 

¿Qué le llevó a escribir este libro años después de su paso por Teruel?
En realidad, empecé a trabajar en esta novela al poco tiempo de que saliera mi primer libro, ‘París tres’, pero en medio escribí los cuentos de ‘Jóvenes y guapos’. En la primerísima versión, la novela era muy diferente. Ha ido creciendo conmigo, con mis lecturas, las películas que he visto, etc.

‘Solo si te mueves’ se presenta como una novela de aprendizaje, aunque ya es su tercer libro…
Los tres libros son un poco libros de aprendizaje, aunque en diferentes momentos y con diferentes escenarios. Siempre estamos aprendiendo, y cuando dejamos de hacerlo es que estamos muertos. Por otra parte, el relato de aprendizaje es uno de mis géneros favoritos en literatura, cine y música. Pero esta novela transcurre en un mundo particular, que casi tiene sus propias reglas, el de los actores de animación, y hay una historia de amor con un chico que no está en Teruel.

¿Qué ocurre si uno se mueve?
Puede pasar de todo, hay que moverse, aunque sea para equivocarse y para descubrir lo que no se quiere hacer. No moverse es lo peor que hay. El título de la novela lo tomo prestado de un verso de una de las canciones que compuso el gran Juanjo Javierre.

Dinosaurios, humor, amor, sexo… todo un viaje iniciático
Es una buena mezcla, sí, pero no es mérito mío, es lo que sucedía: la gente se enamoraba, había sexo y estábamos rodeados de dinosaurios. Aunque no hice caso a Félix Romeo, que intentaba convencerme de que para que la novela fuera un éxito tenía que haber sexo con dinosaurios.

Da la sensación de que su mirada sobre Teruel es ácida, como si no le gustase la ciudad. ¿Cuál es el mayor encanto y el mayor defecto de Teruel?
El mayor defecto de Teruel es el frío. Y el mayor encanto la propia ciudad, que es muy literaria. La protagonista de la novela, que no soy exactamente yo, acaba seducida por Teruel. He pasado mucho tiempo de mi vida en Teruel: en pueblos y en la ciudad y me salvaron la vida en el hospital de Alcañiz.

¿Qué le debe una novela como esta al cine?
Supongo que el hecho de que esté contada en presente y que tenga casi unidad de espacio hacen que sea evidentemente cinematográfica. Pensaba en películas como ‘Adventureland’, de Greg Mottola, que sucede en un parque de atracciones, algunas de Sofia Coppola, en ‘Cuento de verano’, de Rohmer… Pero creo que me pueden influir películas, libros y canciones. De hecho, creo que en realidad, la protagonista podría cantar ‘Simulacro’, de Rafael Berrio.

¿Cuál es la importancia del humor en su obra y en su vida?
En mi vida es total: a veces pienso que corro el riesgo de convertir mi vida en un ‘sketch’ infinito como de ‘Saturday Night Live’. El humor es fundamental siempre: en los malos momentos, sobre todo, pero también en los buenos. Si no existiera el humor, no habría superado muchas cosas. En mi familia siempre estamos haciendo chistes, en realidad, se meten conmigo. El humor es el mejor antídoto contra la vanidad. Y espero que algo de ese humor esté en mis libros.

Da la sensación de que Dinópolis, en el fondo, no le acabó de seducir… ¿Es así o es una falsa impresión?
Me sedujo completamente: volví el verano siguiente y alguna que otra vez durante más de dos años. Aprendí muchísimo, conocí a gente maravillosa a la que admiro y quiero mucho y a la que le debo mucho. Otra cosa es que trabajar allí fuera duro. De todas maneras, creo que el parque está cambiadísimo. Les tengo mucho cariño a Dinópolis y a Teruel.

En su libro están presentes, de un modo u otro, varios amigos escritores…
Imagino que se refiere a los agradecimientos, en los que cito a varios amigos que leyeron el libro antes de que se publicara, en versiones antiguas o en la última. Y aparece Sergio Algora que no leyó nada y que sin que yo le contara que estaba trabajando en esta novela, la anunció en la presentación de ‘París tres’. Y, por supuesto, Félix Romeo, que me dio algunos consejos poco antes de morir. Son dos personas fundamentales en mi vida, los echo de menos y me siento muy afortunada por haberlos conocido.

Desde hace más de un año es columnista de HERALDO. ¿Qué le aporta el periodismo, o el columnismo, a una escritora?
No sé a otros, pero a mí me aporta imponerme la obligación de escribir: ejercita el músculo. Me permite escribir de temas raros, personales, en un formato que me gusta mucho y en el que me siento muy cómoda. Por otro lado, la relación con los lectores es más cercana e inmediata y eso me gusta. Además, no tengo una columna cualquiera, tengo la que escribía Félix Romeo, que se llama Las Naturales, nombre que le puso él. Así que tiene un valor sentimental añadido.

(Ver entrevista)

Reseña de Los castellanos, de Jordi Puntí, en “Artes&Letras”

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Miguel Mena firma esta reseña en “Artes&Letras” del estupendo libro Los castellanos, de Jordi Puntí.

Una entrevista con Aloma Rodríguez en Heraldo de Aragón (papel)

 

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Oscar Nieto firma esta entrevista con Aloma Rodríguez en Heraldo de Aragón del jueves 14 de marzo, con motivo de la presentación de Solo si te mueves en Zaragoza.

Solo si te mueves en La librería de Javier

Solo si te mueves, Aloma Rodríguez en el país de los dinosaurios

9788496457836

Novedades en la editorial zaragozana Xordica. Y entre ellas, “Solo si te mueves”, una obra de la joven escritora Aloma Rodríguez, la tercera novela dentro de Xordica. Y además de la buena aceptación que ha tenido esta original novela en el mundo literario, y no sólo desde el punto de vista de los críticos, una alegría más para ella: acaba de ser nombrada Nuevo Talento FNAC de este año.

La protagonista de Solo si te mueves estudia Filología Hispánica y se va a trabajar un verano a Dinópolis, un parque temático en Teruel. En su ciudad tiene un novio, al que ella no llama novio, y un profesor de autoescuela que la anima a presentarse al examen de conducir en la última convocatoria de julio. Mientras, trabaja como actriz en los espectáculos de animación rodeada de dinosaurios, esqueletos, trajes de mascota, chicos guapos y actores que desearían estar en un lugar mejor.

Solo si te mueves es una historia de amor y también una novela coral que transcurre entre fiestas, bares de pueblo, charlas en los vestuarios, visitas a karaokes y jornadas intensivas haciendo el mismo espectáculo seis veces al día.

Aloma Rodríguez ha escrito una novela de aprendizaje llena de personajes tiernos y seductores en la que hay sitio para el amor, el humor y el sexo.

Aloma Rodríguez, licenciada en Filología Hispánica, es traductora de francés y fotógrafa. Ha publicado París tres (Xordica, 2007), Jóvenes y guapos (Xordica, 2010) y Solo si te mueves (Xordica, 2013). Escribe habitualmente en Heraldo de Aragón y colabora en la revista Letras Libres.

Un vídeo de parte del texto de esta novela lo podéis ver en este montaje de la autora junto Lorena H. Tudela.

Ver blog.


Aloma Rodríguez en la Polaroid de Quimera

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POLAROID: ALOMA RODRÍGUEZ

“Los parques de atracciones me producen tristeza”, confesaba la protagonista de “París Tres” en algunos de los pocos pasajes de evocación que deja ese trepidante callejeo sin rumbo y sin respiro de una pareja de jóvenes estudiantes españoles decididos a encontrar a Milan Kundera en un parque y a comerse, a mordiscos de realidad, la ciudad más bella del mundo y de paso a sus insólitos habitantes, nunca tan frescos como ellos mismos. Aloma Rodríguez (Zaragoza, 1983) vuelve desde la imaginación al lugar señalado de la memoria, sus días en el parque de atracciones de Teruel, Dinópolis, solo insinuados en esa primera y luminosa novelita de iniciación, y que sin embargo reclamaba su propio desarrollo. Lo hace también desde el alterego de la joven Peter Pan a la que no le falta humor, ni ritmo, ni romance, ni un trabajo precario, ni una botella de vino, ni una sala de cine vacía en la que proyectar una película vieja, ni un bar de pueblo donde meterse mano, pero habida cuenta de que el tiempo pasa, la vida es más el Teruel de dinosaurios que el París de Erasmus, y hay que repetir el espectáculo seis veces al día para seguir dando el pego. No es extraño que la última generación de creadores (Adventuraland, de Mottola, o en España,Hilo Musical de Miqui Otero) haya encontrado en el parque de atracciones el escenario perfecto para disparar sus metáforas a cerca de todo lo que divierte y asusta de la juventud, como si en aquellos veranos entre montañas rusas y esqueletos, algo se fuera para siempre.

Aquí el número 352 de Quimera.

Los castellanos, de Jordi Puntí, en Los libreros recomiendan

Eva Cosculluela, de la librería Portadores de sueños, recomienda Los castellanos, de Jordi Puntí en el blog Los libreros recomiendan.

Todos hemos tenido alguna vez el sentimiento de pertenencia a un grupo o a un lugar, igual que hemos sentido estar en un lugar que otros reivindican como suyo. La niñez es ese territorio donde se construye la identidad y se observa curioso lo que es diferente, con una mezcla de desconfianza y de la excitación que provoca lo desconocido. Un territorio donde se mira con ganas de descubrir. Sobre eso trata este libro: sobre el descubrimiento de la vida y de la identidad propia y ajena, tan distintas pero tan parecidas en esencia.

Jordi Puntí cuenta en Los castellanos la llegada a Manlleu, su pueblo natal, de los primeros emigrantes que dejaron el sur y se instalaron en la zona industrial de Cataluña buscando prosperidad. Eran los años setenta y las calles todavía sin asfaltar acogieron los bloques de pisos (“Can García”, “Can Mateu“) donde se instalaban las familias que iban llegando, juntas, como si manteniendo la cercanía mantuvieran también las raíces y la distancia con sus pueblos de Andalucía, Extremadura o Murcia se hiciera un poco más corta.

Castellanos y catalanes se repartían el territorio: vivían en zonas distintas, no se mezclaban en los bares, llevaban a sus hijos a colegios diferentes: los castellanos, a la escuela pública, donde se enseñaba en catalán, probablemente (y, quizá, sin saberlo) para que sus hijos se integraran cuanto antes; los catalanes, a los Hermanos de La Salle, privado y con enseñanza en castellano. Los niños catalanes miraban a los castellanos con la desconfianza aprendida de los mayores, “con ese recelo inveterado, ese temor irracional a todo lo que era forastero y desconocido”. Entre ellos existía una relación tan contradictoria como lo es todo en la niñez: se temían a la vez que se desafiaban, se despreciaban a la vez que se envidiaban, se evitaban a la vez que se buscaban para relacionarse a través de provocaciones y  de pedradas en el descampado al que Puntí llama “el campo de batalla”.

“La infancia es una ficción”,

dice Jordi Puntí, y en este libro la reconstruye para que el lector la descubra con la misma mezcla de ingenuidad y asombro con la que esos chicos vivieron el paso de la niñez a la adolescencia, un territorio diferente donde las fronteras se diluyen y la desconfianza y el recelo dan paso a la normalidad y a la convivencia. Los castellanos es una memoria sentimental, una hermosa historia de aprendizaje construida a partir de recuerdos  filtrados por la madurez que da el tiempo.