Patricio Pron sobre Danzas de guerra, de Sherman Alexie

Patricio Pron le dedica este texto y la pregunta del lector a Danzas de guerra, de Sherman Alexie, un libro que no nos cansamos de recomendar. En ProDaVinci.

danzas

A menudo el hecho de que un autor recurra una y otra vez a unas y las mismas formas narrativas en un libro de relatos es señal, bien de una preocupación por sí mismo rayana en la enfermedad mental, bien de una pobreza vergonzosa de recursos. Ambos casos son bastante habituales en la cuentística contemporánea en español y deberían servir al lector para discernir (entre todo lo que se escribe en ese género) qué libro no merece la pena ser leído y qué autor puede ser descartado sin más.
En Danzas de guerra de Sherman Alexie, por ejemplo, el lector debe esperar hasta la página 122 para leer un relato que no esté escrito “en primera persona” (es decir, que no sea autodiegético). No es una historia particularmente interesante (un vendedor de ropa usada que ama a su mujer pero ya no tiene ningún interés sexual en ella tropieza en un aeropuerto con una joven, vuelve a encontrársela más tarde y cree volver a encontrarla una tercera vez, con resultados catastróficos), y el lector ya está a punto de dejar de lado el libro y olvidarse de su autor cuando, al final del relato, algo sucede: la historia se eleva sobre sí misma (repentinamente, no tiene importancia que el protagonista venda ropa usada ni importan sus gustos musicales y los aeropuertos) para convertirse en una historia épica sobre la soledad que podría transcurrir en cualquier otro sitio y ser protagonizada por otros personajes, pero (y esto golpea al lector como una especie de iluminación) no podría haber sido escrita por otra persona.
Al final de ese relato (se titula “La balada de Paul Sinembargo” en la versión de Daniel Gascón, que traduce este libro con su solvencia habitual), el lector toma conciencia por primera vez de lo bueno que es Sherman Alexie para terminar sus cuentos, pero también piensa (y esto lo hace desdecirse parcialmente) que, en realidad, Alexie hace todo bien, lo suficientemente bien (incluso) para que el lector olvide durante la lectura lo increíblemente bueno que es, lo excepcionalmente dotado que está y lo brillante de sus planteamientos narrativos, incluyendo sus estructuras. En sus relatos, el escritor estadounidense recurre a un lenguaje austero y bastante coloquial que no excluye el tono poético y a una especie de humorismo salvaje que, como en el cuento “Danzas de guerra” vuelve tolerable el dolor sin disminuirlo ni justificarlo. Hay algo desconcertante en todo ello, y cuentos perfectos como “Terrible simetría” se benefician de ese desconcierto, del descubrimiento por parte del lector de que su método para distinguir entre buenos y malos escritores ha fracasado y que (casi sin haberse dado cuenta) ha tropezado con uno de los más grandes, con uno a la altura de Lorrie Moore, Alice Munro y Tobias Wolff. Uno de esos autores imprescindibles cuyo descubrimiento provoca en el lector (entre muchas otras) las preguntas: ¿Cómo pude vivir yo hasta ahora sin haberlo leído? ¿Cómo es que me perdí un autor así durante tanto tiempo?

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