Por qué escribo, por Antón Castro

Félix Romeo o la literatura total

Félix Romeo (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) fue un acontecimiento en las letras españolas. Resulta difícil encontrar a un autor tan complejo e inextricable como él, que era tantas y tantas cosas: un activista cultural insaciable, un lector, un viajero, un curioso indesmayable, un conversador incansable de café o de restaurante hasta el fin de la noche. Casi nada le era ajeno: escribía y escribió de casi todos y de casi todo. Siempre estaba ahí, junto a los escritores, con los libros entre ceja y ceja y en pilas, sin clasificar (a la manera de Georges Perec), del lado de la vida y de la alegría, dispuesto a contar, oír, aconsejar o a emprender una aventura: podía consistir en buscar en Londres las rutas de Orwell, redactar una guía de París con los autores aragoneses que habían vivido allí o trasladarse a Tetuán en busca de todos sus fantasmas: desde Capote o los Bowles a Chukri o el ‘Gordo’ Julio Antonio Gómez, poeta y editor. Odiaba el relativismo: “Me repugnan quienes creen que la vida no vale nada, siempre y cuando no sea la suya propia”. Y, en otro lugar, dijo: “El compromiso del escritor debería ser un compromiso con la verdad y con la justicia”.

Ambas citas aparecen en un nuevo libro póstumo, Por qué escribo, que han preparado con cariño y lucidez los escritores Ismael Grasa y Eva Puyó. Esta recopilación de artículos de casi veinte años, prueba que para Félix Romeo literatura y vida eran un binomio inseparable. Escribía como vivía, escribía como sentía, escribía como leía este letraherido formidable que ya había querido ser Arthur Rimbaud a los trece años y que declaraba: “Yo soy un yonqui del amor, de la amistad y del afecto”.

Zaragoza es uno de los escenarios capitales de este enamorado de las ciudades. Vivió en Madrid, en la Residencia de Estudiantes, en Barcelona (tan vinculada a su amigo suicida Chusé Izuel), y amó Londres, París, México D. F., Nueva York, Lisboa, Roma o Turín, de la que rescata esta anécdota: “Mi chica no quiso dormir en el Hotel Roma de Turín porque allí se suicidó Cesare Pavese”. Félix amaba a un sinfín de escritores —además de los citados Orwell y Perec, fueron modélicos para él Szymborska, Hrabal, Peter Handke o Jorge Semprún, entre varios cientos—, amaba los restaurantes, el cómic, los dibujos animados, las librerías, el arte, el fútbol, la belleza; redactaba diccionarios e inventarios. Era un puro sin vivir y una factoría de ideas. El texto Por qué escribo es una confesión, un manifiesto, y es el título de un libro inolvidable, deslumbrante y variado, quizá el mejor retrato de Félix Romeo, que escribió por fascinación, para ser feliz, porque se sentía diferente y porque era, intuyó, una manera de burlar la muerte.

En la revista Mercurio.

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