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Pequeñas historias… en la revista Pérgola

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Entrevista a Line Amselem

Pedro Vallín entrevistó a Line Amselem cuando visitó Madrid. La entrevista apareció el pasado 22 de agosto, y hoy la compartimos aquí.

Viste de negro y bromea diciendo que ella misma es “un dinosaurio”, un ser de otra época, la reliquia de algo extinto. Lo que dice Line Amselem (París, 1966) tiene sentido: creció hablando ladino, un castellano antiguo (y prácticamente desaparecido) que hablaban los judíos expulsados de España que se quedaron en Marruecos y que conservaron su lengua de origen, transmitida de generación en generación y sin apenas un soporte literario que dejara constancia. Sus padres dejaron Marruecos y se instalaron en París, donde ella nació. Habla un español excepcionalmente preciso y lleno de giros añejos. Con Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolás (Xórdica), dio la sorpresa en 2006. Ella misma ha traducido al castellano este inventario de anécdotas familiares que da cuenta de una cultura de mil exilios de la que es la última fedataria.

Me gustaría preguntarle por el tono de su libro. A diferencia de La elegancia del erizo (L’elegància de l’eriçó), de Muriel Barbery, relato de un patio de vecinos realizado por una niña cuyos pensamientos y expresiones son tremendamente sofisticados, usted ha elegido un tono muy verosímil para la niña de su libro. ¿Cómo se crea una voz literaria que sea veraz pero que no sea irrelevante?
Ha sido para mí una solución para otro problema previo. Quería meter mucha información sobre los judeoespañoles, nuestra vida, los recuerdos de mis padres, la nostalgia de Marruecos… Todo eso son temas que podrían resultar pesados y quise evitar dos cosas: el tono didáctico, académico.

Expositivo…
Es que eso resulta muy pesado. Y quería evitar la nostalgia, hablar en pasado, porque escribí cuando falleció mi padre. La relación que tengo con esos recuerdos, con esa vida, es también una relación que lleva mucho dolor, y quería evitarlo. Quería que todo fuera ameno, por eso elegí la voz de un niño. También, porque tengo hijos y mi hijo era pequeño y quería dirigirme a él, aunque fuera demasiado pequeño para leerlo, en realidad. Y después estuve pensando en algunos modelos como El lazarillo de Tormes, en los que es un niño el que habla, aunque el lector sabe que no es un niño quien lo ha escrito. Puedes meter mucho material así sin que sea pesado. Para la forma, verá, yo soy traductora, traduzco bastante y cuando lo hago, me gusta imitar a la gente, dejas que otra onda, otra personalidad entre en ti. Cuando escribí la novela me ponía con ello por la mañana muy tempranito, mientras los demás dormían, tomaba dos horas y me escribía. Ahí volvían los recuerdos y me sentía niña.

¿No ha habido impostación, entonces?
Ha sido una construcción literaria, claro, pero no me costaba trabajo adoptar esa voz.

¿Y esa construcción episódica, que crea una novela pero permite leerse incluso en orden aleatorio porque no es cronológica, fue una decisión a priori?
Es una novela hecha de cuentos, pero cada uno quería que fuera una unidad cerrada, como cuando vas y cuentas una anécdota y la terminas. O cuando cuentas un chiste. Empiezas y acabas e introduces algo intenso dentro. Me surgió así. Como me dolía tanto (aunque sé que parece extraño porque cuando la gente lo lee dice que es divertido, alegre) no quería que cada historia pasara de una pantalla de ordenador, así que iba quitando todo lo que podía. Y después, poco a poco, pude ir escribiendo episodios más largos, en el tramo final de la novela.

Hay un pasaje en que menciona las adivinanzas que contaba su madre, menciona dos que contaban aquí los abuelos. Exactamente esas dos que recoge.
Ja, ja, ja. Sí, pero eso lo he cambiado, la versión francesa lleva trabalenguas que estudiaban los niños en la escuela francesa. Pero habría sido muy pesado meter eso en la edición en español.

Hábleme de ese proceso de traducción. Usted había dicho que le gustaría mucho traducirse al español, por ser la lengua de sus padres. ¿Ha sido un desafío muy complejo?
Ha sido terrible. Porque, claro, lo que quería yo era meter haketía, la lengua de mis padres, y también su lengua de los años cincuenta, y además el español colonial de Marruecos. Eso lo dominaba. Sé hablar como una vieja judía del norte de Marruecos, o como una chica de los ochenta, o de primeros noventa en España…

¿Porque fue cuando estuvo aquí estudiando?
Eso es. Pero después, hablar como una niña de los años setenta fue complicado. La niña habla como sus padres le hablan en Francia, y eso ha sido un juego un poco difícil. Me costó saber cuánto judeoespañol podía meter sin que resultara demasiado pesado para el lector. Ha sido un trabajo larguísimo, pero no me di por satisfecha antes de terminarlo. En francés había parte de los diálogos que estaban en castellano, o en español, pero tuve que quitarlos o traducirlos al francés porque la editorial me lo pidió. Y sólo me quedé tranquila cuando pensé en Elías Canetti, que decía que si metes dos palabras en judeoespañol, ya sabes que todo lo que viene después está en judeoespañol. Pero la verdad es que ahí, en la traducción, fue donde pude meterlo todo como quería sin que supusiera un problema.

Más que las expresiones judías, lo que llama la atención a un lector español son los giros en castellano, expresiones hoy con poco uso. Por ejemplo, llamar a los platos llanos, “platos pandos”.
Pues en mi casa, cuando mi madre me pedía que pusiera la mesa, recuerdo que le contestaba “¿hondos o pandos?”. Y cuando me vine a estudiar a España, que estuve en Salamanca, mis compañeros de piso alucinaban conmigo; me llamaban “Vuesa merced”. Decían, “pero esto no existe en castellano”, y yo siempre respondía “sí que existe”, e íbamos al diccionario de la RAE o al María Moliner y siempre aparecían, recogidas como expresiones arcaicas.

Las críticas a su libro fueron muy buenas en Francia. Hoy han pasado seis años desde que lo escribió. Habló entonces de hacer una continuación, una segunda parte de estas pequeñas historias.
Mire, tengo muchos libros empezados y sin terminar, porque en la vida de una mujer vienen muchas cosas, entre otras, después he tenido una niña, estuve viviendo fuera, en Damasco, he traducido mucho al francés, y también me ha ocupado mucho esta traducción al castellano. Pero tengo cosas ya casi terminadas.

¿Y sigue viva la idea de hacer una continuación?
Sí, pero sería ya en la adolescencia. Ya no tendría nada que ver con el judeoespañol. Me gustaría mucho hacerlo, pero eso no lo tengo todavía.

Usted insiste mucho en que es importante recordar el pasado, pero no recuperarlo, rechaza la nostalgia. Esto viene muy al caso ahora, que hay una situación en la que el presente y el futuro se presentan como algo terrible y surge este repunte de la nostalgia.
En lo mío, lo complicado era soportar una añoranza que era ajena. Tú vives en un país, tienes tu vida, tu barrio, tus amistades, tu infancia, y están tus padres diciendo que eso no vale nada, que hay que ver la fruta que había en Marruecos, el sol, las playas…, todo mucho mejor. ¿Cómo vas a vivir con eso? No tienes vida propia, vives en la nostalgia y ni siquiera una nostalgia hacia algo que puedas alcanzar alguna vez en tu vida. El Marruecos que recordaban mis padres es un país que ya no existe. Pensé entonces que también lo mío merecía ser recordado, por eso en el libro está el París de los setenta de mi infancia mezclado con los recuerdos de mis padres. Yo tengo muchísima memoria, pero muchísima, es una cosa maravillosa, y cuando pienso en las cosas casi las toco, las siento vivas, están en mí. Con los años, con los lutos, cuando alguien se te va, te das cuenta de que un ser humano es esto, una red de recuerdos y de personas, todo esto cuando desapareces se deshace en estos elementos. Como cuando se descompone el cuerpo, todos los elementos se van. Pero no se trata de nostalgia, me gusta dar un testimonio de algo que me parece bonito para compartirlo y para hacerlo vivo.

De algo en peligro de desaparecer, además.
Sé que la historia de mis padres no es una historia individual, es la historia de un pueblo que se quedó muchos siglos en Marruecos, que tuvo una cultura muy fuerte y arraigada, popular pero a la vez muy frágil porque no tenía literatura, ni recuerdos ni rasgos literarios de lo que somos nosotros, excepto el trabajo de un señor que se llama Solly Levi que escribió obras de teatro y acaba de hacer una serie de discos que se llaman La vida en haketía. Él lo hizo pero son textos más abiertos explicando lo que es, y las obras de teatro son más bien para la comunidad. Porque él vivía en Canadá y trató de mantener todo eso vivo. Pero en realidad, obra literaria apenas hay, salvo una novela española, escrita por un tangerino español que no era judío, que se llamaba Ángel Vázquez. Se titula La vida perra de Juanita Narboni y tuvo éxito cuando se publicó a principios de los setenta. Vázquez era homosexual y alcohólico, tuvo una vida muy triste de soledad, sobre todo en los últimos años en España. Pero había nacido en Tánger, su madre era modista y tenía muchas amigas judías. Él recuerda todo eso, como un monólogo de una mujer que expresa un punto de vista muy femenino y lleno de expresiones muy nuestras. Aunque él cuando escribe en haketía se equivoque, su libro me parece el mejor testimonio de lo que es la cultura judeoespañola de Marruecos.

En algún sitio ha contado usted que la cultura a la que pertenecía, muy intensa, estaba entre las cuatro paredes de su casa, que ni siquiera sus otros familiares formaban parte de ella.
También hay una relación muy ambigua con esa cultura, porque se consideraba algo despreciable. La gente tenía mucho contacto con España y además en París estaban los españoles exiliados de la guerra que pensaban que nuestra forma de hablar era una deformación del castellano y que hablábamos peor. A la gente le daba vergüenza hablar en haketía. Incluso ahora, cuando salió el libro en España, muy pocos, pero algún crítico dijo que había vulgarismos. Pero no lo son, es haketía, como decir “vinites”, en vez de “viniste”. No son vulgarismos es nuestro dialecto.

Al principio, al arrancar su libro, parece tener un tono dickensiano, como si el mundo que describiera fuera muy antiguo, mucho más antiguo entodo caso que los años setenta e los que se desarrolla. El piso, el aseo… ¿quizá porque era una cultura muy de diáspora, de gente que se ha ido de muchos sitios y por tanto hay una cierta provisionalidad?
Sí, de muchos sitios y, al fin y al cabo, de solo un sitio, porque esa cultura judeoespañola de Marruecos se quedó allí muchos siglos. Después, con el colonialismo y la presencia de los españoles y de los franceses en las escuelas de la Alianza Israelita Universal, que pretendía enseñar un idioma de civilización a los judíos “salvajes”, que estaban en países árabes, lo que hubo fue una intensa culturización adoptando el francés. Pero en realidad sí que tenemos el mito de la salida de España muy presente. Está en los nombres, la gente se llama Toledano, Bejarano…, mi madre se llama Pinto, tenemos apellidos, nombres y caras españoles. El sentimiento de formar parte de una historia española es muy intenso. Y después, claro, el recuerdo de Tierra Santa antes de que existiera el estado de Israel… En algunas fiestas judías se dice “el año que viene en tierras de Israel, hijos liberados…”, en la Pascua Judía. Sí, tienes una colección de paraísos perdidos. Pero en realidad, la historia de mis padres es Marruecos y Francia, aunque sus familias han ido a parar a todos lados, a Canadá, a Israel, a España…

La mención de Israel aparece siempre, sin que haya énfasis religioso, como una meta natural de todo judío, pero no para ellos…
Para ellos, no, era una posibilidad que no eligieron. Pero está presente como algo sagrado.

Hay historias muy tristes, aunque el tono no lo sea, como su relación con el cine, ese acontecimiento de ir al cine con su madre a ver Los aristogatos y acabar viendo una película muy rara, un western extraño.
Ja, ja, ja. Bueno, es la vida de los pobres, hay muchas cosas a las que no tienes acceso, y no íbamos al cine. Siendo niños iríamos un par de veces y sin embargo nos lo pasábamos muy bien. Cuando veíamos las películas en la tele recuerdo que mi padre le decía a mi madre “mira, esta yo la vi en Casablanca con fulanito…” Nosotros, no teníamos acceso a eso. Y recuerdo que a medianoche nos despertaba para ver algunas, nos mandaba a dormir pero nos sacaba de la cama para ver El mago de Oz, por ejemplo. Lo valorábamos mucho porque lo veías una vez y no tenías oportunidad de volver a verlo. Algunas películas, como las del neorrealismo italiano, las veíamos una sola vez y luego recordábamos hasta los diálogos. Pobres y contentos.

El libro sobre la adolescencia, ¿será otro libro? ¿El cambio de edad supone hacer algo completamente distinto?
No lo sé, me gustaría hacerlo, pero no lo sé. La fórmula fragmentaria me gusta por la intensidad. No me veo entrando en descripciones. La obsesión que tengo es que el lector no se aburra porque yo también me canso cuando escribo. Por eso prefiero empezar y acabar cada relato, si no pierdo la fuerza. Y además, hemos tenido una adolescencia que también tenía lo suyo. Y con la cuestión de la relación con los primeros amores…

Leer más: http://www.lavanguardia.com/cultura/20120822/54340030710/line-amselem-escritora-pequenas-historias-de-la-calle-saint-nicolas.html#ixzz25UnYaXD8
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Entrevista a Line Amselem en Saucepolis

En Saucepolis estamos de enhorabuena. Contamos con la colaboración de un personaje de excepción. Tanto por su talento y sensibilidad como por sus orígenes y vivencias. Nuestra invitada es un ejemplo de la multiculturalidad que ha construido Europa. Descendiente de judíos sefardíes, de padres marroquíes y nacida en París, profesora de literatura española, ha realizado múltiples traducciones y presenta su primera novela: Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas (Zaragoza, Xordica, 2012).

¿Cuánto hay de autobiográfico en esta su primera novela?

Bastante, he querido entregar en ella un testimonio de la cultura, de las costumbres y del idioma de mis padres vistos desde el París popular de mi infancia. Las dos capas de recuerdos se asocian o se comparan. En realidad, la materia es autobiográfica y la construcción es muy pensada para intentar que resulte divertida la serie de capítulos como una novela picaresca o un compendio de cuentos orientales.

¿Cómo explicaría que tras tantos años de exilio, los judíos sefardíes conserven en parte el idioma y las costumbres?

Me parece que tiene que ver con el sentimiento de conservación de una identidad compleja: judía y española. España es para nosotros otro paraíso perdido después del Edén y de la Tierra Prometida. Tenemos un amor inmenso a España y un orgullo de hablar español al que se mezcla el dolor de haber sido expulsados. Lo que quiero decir es que la relación a España llega a ser casi un elemento de nuestra identidad religiosa.

¿Afectó esto a su decisión de estudiar literatura española?

Muchísimo. Al haber nacido en Francia si quería entender quienes eran mis padres tenía que hacer el esfuerzo de estudiar lo que ellos tenían a mano en la sociedad colonial y multicultural del Marruecos de aquel entonces.

Esta multiculturalidad, esta mezcla de idiomas e identidades, ¿Es una ventaja o un handicap en la Europa de hoy en día?

Me parece una ventaja evidente, ¡como todos los handicaps! El tener una identidad múltiple te hace ver las cosas desde diferentes puntos de vista, te obliga a comparar constantemente, a ponerte en el lugar de los demás y te enriquece. Lo más molesto es el momento en el que te preguntan de dónde eres exactamente.

¿Observa en Zaragoza la huella de la mezcla de culturas?

Por supuesto, no conocía Zaragoza hasta ahora, me he enamorado de la ciudad y de la gente a la que he conocido.

En la Alfajería, sin ir más lejos, se ven las huellas del pasado musulmán y el paso de la Edad media al Renacimiento de una forma suntuosa. Cada torre de la ciudad es un recuerdo de esta mezcla de culturas. Me quedo con las ganas de visitar los baños judíos cuya foto se ve en la calle y que parecen tan hermosos, escondidos en el sótano de un edificio de los años 1960.

Según me han contado, lo que es evidente en la arquitectura también existe en el idioma aragonés y yo lo he comprobado del mismo modo en la cocina y en la hospitalidad.

¿Qué opina de Zaragoza como destino para un viajero?

Es una ciudad llena de tesoros por todas partes, no solo museos y monumentos, sino plazas donde quedarse para disfrutar de la sombra de los árboles en una terraza. Me han hablado de muchos lugares de interés en la región, en este viaje he estado muy liada con la presentación del libro, espero poder volver pronto para seguir descubriendo Zaragoza y los alrededores.

En sus múltiples viajes ha podido conocer países a priori muy diferentes. ¿Cree que es más lo que nos une que lo que nos diferencia o al revés?

Me parece que lo que nos diferencia es lo que salta a la vista: la forma de comer o el color de la piel, pero después, lo que permanece es lo que nos une como seres humanos. Su pregunta me recuerda la película Night on Earth de Jim Jarmuch, que consta de cinco cortos. Cada uno relata “una noche en la tierra” en la que se viaja en taxi en París, Roma, Nueva York, Helsinki y Los Ángeles. A veces resaltaban los tópicos de cada país, en Roma por ejemplo, el taxi se transformaba en un confesionario, en París el taxista es un africano impresionado por una mujer ciega superdotada, pero lo divertido es que el espectador olvidaba enseguida el cambio de idioma y se queda con el contenido anecdótico y humano. Se identifica a veces con el taxista y otras veces con el pasajero.

¿Qué es lo más raro que le ha pasado en un hotel?

Siempre pasa algo raro en los hoteles, porque no está uno en su casa. La última vez que estuve en Italia para presentar la traducción italiana de mi libro en Génova, me habían reservado una habitación en un hotel y resulta que me instalaron en otro edificio, un palacio del siglo XVI. El lugar era precioso, la habitación muy cuidada, pero no había nadie para atenderme. Nada más llegar, me quedé con el picaporte en la mano, salí desesperada, menos mal, delante de mi puerta había un señor arreglando el ascensor ¡que también estaba estropeado! Cuando volví después de cenar, pude abrir el portal labrado del palacio, subí al primer piso, pero no pude encontrar mi apartamento ni por una parte ni por la otra de la escalera monumental. Tuve que subir y bajar varias veces, lo pasé mal de verdad, era como una pesadilla, hasta que los amigos que me acompañaban encontraron otra escalera que me llevó a mi habitación.

En el Hotel Sauce la acogida es excepcional, de parte de todos.

¿Qué objeto absurdo no puede faltar en su maleta?

Caramelos. Me encantan los caramelos siempre tengo unos cuantos conmigo y donde voy compro dulces para regalarlos o para comérmelos en otro lugar del mundo. En Zaragoza me he comprado frutas de Aragón, guirlache y adoquines, (de los pequeñitos para poder comerlos de verdad y no conservarlos como trofeos).

¿Le parece Zaragoza una ciudad interesante como escenario de una novela?

¡Si le cuento todo lo que me ha pasado en cuatro días en Zaragoza, nos sentamos las dos y escribimos una novela ahora mismo!

Federico García Lorca decía que para conocer una tierra lo mejor era comer sus dulces y escuchar sus canciones, estoy de acuerdo pero también necesito leer su literatura. Ahora no paro de leer autores zaragozanos cuyas obras se desarrollan a veces en su ciudad, me he llevado a París libros de Félix Romeo, Ignacio Martínez de Pisón, Antón Castro, José Luis Melero, Santiago Gascón, Aloma Rodríguez, Eva Puyó, Daniel Castro, Ismael Grasa, Chusé Raúl Usón, Miguel Mena, Fernando Sanmartín, Lara López, Cristina Grande, Rodolfo Notivol y del dibujante José Luis Cano… espero no haber olvidado a nadie.

*La entrevista aquí.

PEQUEÑAS HISTORIAS… en Libros y Literatura

Susana Hernández firma esta reseña de Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, de Line Amselem, en la que se acuerda de Ropa tendida, de Eva Puyó, en el blog Libros y Literatura.

 

Lo terminé. Y no, no pienso esperar a que repose ni un minuto más en mi cabecita, estoy hirviendo de ganas de contarles algo sobre estas “Pequeñas historias de la Calle Saint-Nicolas”.

Quien me lo ha regalado, sabe que la editorial Xordica me está sorprendiendo muy gratamente, como cuida el diseño, las portadas… Pero sabía, sobre todo, que la lectura del libro me haría desear contar, compartir y animar a que todos leáis esta “curiosité” literaria.

Otra vez un libo en forma de caja de pequeños bombones para compartir. El chocolate siempre tiene esa capacidad evocadora de la infancia… Y si digo bombones es porque cuando alguien narra en primera persona y de una forma tan cercana y aparentemente sincera, no podemos hablar de chocolate sin más. Incluso ha habido capítulos en los que el bombón venía relleno de las mejores y más exquisitas sorpresas.

Line Amselm, la autora, nos narra su infancia a través de estas “Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas”, sus pequeñas historias, las más ciertas, aquellas que quedaron en el fondo de sus recuerdos infantiles

Line Amselem, es una escritora francesa de origen judeo-español. Siendo niña, en casa, con sus padres y hermanos, hablaba ladino, también denominado judeoespañol o djudezmo, que  es el idioma que fue y sigue siendo hablado por los judíos que vivían en España hasta la expulsión en 1492 de los llamados “sefardíes”. Yo lo había escuchado en Francia pero sobre todo en Estambul.

Me ha resultado curioso este mundo que nos presenta la autora. Su mundo más cercano, su círculo más próximo, nos acerca sus recuerdos más íntimos, esos que quedan guardados en el corazón, casi rozando el alma. Jamás yo soñé  adentrarme tanto en la forma de vida de una familia tan peculiar, casi con pudor he asistido a sus ritos religiosos, he sobreentendido esos pequeños secretos familiares de los que nunca se habla…, en definitiva, he vivido como una más en esta pequeña casa de  la Calle Saint-Nicolas.

Los padres de Line nacieron en Marruecos y en los años sesenta, como tantos otros judíos procedentes del Magreb, emigraron a París, primero el padre, que pasó de ser un hombre de una cierta posición en su país, a ser un “judío pobre” ¿Pensaban, como yo, que no existían?

Nuestra autora nace en 1966, tiene una hermana y un hermano mayores, y nace ya como ciudadana francesa, pero en una familia diferente. Ser y sentirte distinto entre los distintos…, es curioso que poquito han cambiado algunas cosas. Algunos insisten en  olvidar de donde vienen, otros olvidan que llegaron de lugares distintos, con otras formas de vida, otros ritos … Que importante es recordar… Al menos para ser más justos.

Entras en la vida de una familia en la que dirías que no pasa nada. Pero pasa; pasa de forma sencilla la vida.  Como en un paseo, de casa a la zapatería de papá  pasando por la pastelería en la que nos quedamos siempre mirando esos pasteles que un día, por fin, podemos comprar. En mi caso sería al revés, mi padre era el pastelero y yo la que miraba siempre con ojillos lamineros aquellos zapatos de negro charol reluciente…

Esta estupenda historia la recomiendo para que, cuando regresen a París, puedan pasear por la Calle Saint-Nicolas con otra mirada, pero también para que regresen a aquellas calles en la que pasaron su infancia, o su juventud, como en el caso de aquella “Ropa tendida” de la que nos habló en su día Eva Puyó cuando miraba por el retrovisor de la vida… La familia, les decía entonces, es ese patio interior en el que todos intentamos ocultar, de las miradas ajenas, nuestras miserias. Y es que todos tenemos pequeñas historias a las que debemos acercarnos con todo el cariño que puede darnos el espacio y el tiempo… Y el recuerdo selectivo es siempre amable, aunque recordemos, incluso, las lágrimas derramadas.

Yo también recuerdo mis días de niña en Valls, viviendo en el barrio de los Judíos, siendo distinta entre las distintas … pero igual entre mis iguales. Creo,  en definitiva, que si somos capaces de recordar la infancia, entresacaremos aquellos momentos más felices, y por los otros, los tristes y dolorosos,  pasaremos de puntillas; los haremos presentes sí, pero como hace la autora, a través del dolor ajeno: Que, como casi siempre ocurre, condensaremos en el dolor y las lágrimas maternas.

Susana Hernández

Una entrevista a LINE AMSELEM en Troa

La revista de las librerías Troa publica en su último número una extensa entrevista con Line Amselem.

Entrevista a Line Amselem

Entrevista con Line Amselem

Hace unos días, entrevistaron a Line Amselem en Radio Sefarad. Para los que no pudisteis conocerla, aquí está la entrevista íntegra.

La foto es de Vicente Almazán, la tomó mientras Line firmaba ejemplares en la caseta de Portadores de sueños en Zaragoza.

Canciones para recibir autores

El padre de la narradora de Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas prefiere a Johnny Hess y le tiene manía a Charles Trenet.

Line Amselem llega mañana a Madrid.

La recibiremos así.

PEQUEÑAS HISTORIAS… en el blog Anika entre Libros

Lidia Casado firma esta reseña de nuestras Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, de Line Amselem, en el blog Anika entre Libros.

Uno de los superpoderes que tienen todos los niños pero que (tristemente) se pierden con la edad es la capacidad de ver las cosas como son, de mantener la mirada limpia, libre de los filtros que, poco a poco, van añadiendo la experiencia, la maldad, nuestra relación con los demás, la picardía, el saber… en definitiva, la vida. Por eso, siempre he pensado que los niños son auténticos poetas, porque saben ver más allá de donde todos los demás miramos, descubrir la verdad y transmitirla con una belleza y una inocencia totalmente espontáneas.

Por eso me llaman tanto la atención los libros para adultos protagonizados por niños. Si el autor sabe mimetizar la forma de ver y de contar de los más pequeños, sin resultar falso, el resultado es una obra tan deliciosa como ésta, en la que la autora narra, en primera persona, las vivencias de Lina, una niña de siete años, de origen judeo-español, cuya familia emigró de Marruecos hasta Francia y vive, a comienzos de la década de los 70, en un barrio popular de París.

En este libro no pasa nada importante. Ni siquiera hay una trama como tal que organice el contenido. Los capítulos van desfilando como por casualidad, como recuperados de la memoria de Lina sin un motivo aparente, y gracias a ellos vamos conociendo a los personajes, ese edificio que parece sacado de un cómic, la historia de la familia, de los padres de Lina, del pasado, del presente narrativo…

Sin juzgar, Lina va componiendo un collage en el que cada uno se va retratando por lo que hace, por lo que dice y por lo que los demás dicen de él. La protagonista dirige el foco hacia un punto u otro del barrio y así va componiendo la visión global de su infancia: los juegos en familia, las comidas, las celebraciones, las visitas familiares, el colegio, los programas de la televisión, la música, los famosos de la época, su visión sobre los trabajos de sus padres, sus amigos, sus vecinos…

Dentro de esa amalgama de recuerdos, peso específico ocupa todo lo relacionado con la religión judía. Con sumo esmero y detallismo se describen las costumbres, las fiestas, las celebraciones, el porqué de tales festividades y el modo particular de ejecutarlas: vestido, gastronomía, ayuno, prohibiciones… Con su inocencia, Lina nos habla de un barrio multicultural, en el que tienen cabida varios cultos y varias nacionalidades. Retrata, así, la preocupación de sus padres por descubrir al resto de judíos de su colegio y de qué países vienen, la ignorancia que los practicantes de unas religiones tienen respecto a los demás, los problemas de la convivencia, la mezcla de idiomas (en el libro se habla francés, español, hebreo y árabe, aunque en algunos casos la lengua esté llena de vulgarismos, propios del nivel socioeconómico en el que se desenvuelve la acción)…

El resultado es un conjunto de capítulos de desigual extensión que, juntos, conforman el mosaico de la vida normal de una niña de siete años. Pero el gran acierto de este libro, su magia, reside en que cada uno de esos capítulos parece más un cuento que una de las divisiones típicas de la novela. El conjunto es una novela, sí, pero cada capítulo bien podría ser un cuento independiente de los demás, porque cada uno de ellos encierra la estructura, la concreción significativa, la belleza narrativa y el delicioso y sorprendente chispazo final de un cuento.

Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolás es, precisamente, eso: pequeñas y cotidianas anécdotas que transcurren en un barrio popular parisino, tamizadas por la personal mirada de una niña de siete años. Pequeñas historias que guardan, como las mejores ostras, una perla en su interior.

Lidia Casado

PEQUEÑAS HISTORIAS… en La Nueva España

Eugenio Fuentes dice de Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, de Line Amselem, que es un libro hipnótico en este reportaje sobre libros de “un emblema contracultural”:

Memoria hipnótica de una niña sefardí en París

París, años 70. Line Amselem (1966), una niña de siete años hija de inmigrantes sefardíes venidos de Marruecos lleva, como tantos parisinos, una vida de estrecheces. Los turistas deslumbrados por el monumental espectáculo de la ciudad del Sena nunca llegarán a imaginar esas existencias. Tener la letrina en el descansillo de la escalera es un problema demasiado presente en algunos distritos de París, pero lo agrava residir en el segundo piso cuando sólo disponen de ella los impares. Line, sin embargo, es un niña alegre. Al menos así la recuerda la Line adulta, que en este libro de recuerdos se revela como una memorialista de primer orden. Amselem ha descompuesto sus recuerdos en pequeñas piezas vibrantes que sabe ofrecer con todo detalle pero con una prosa precisa que huye de la grandilocuencia o la queja autocompasiva. El resultado, y no exagero nada, es hipnótico.

PEQUEÑAS HISTORIAS… en Cultura/s

Isabel Gómez Melenchón firmaba esta estupenda reseña de Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas, de Line Amselem, en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia del miércoles 2 de mayo.